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EL MUNDO ALUCINANTE

39278-frase-en-el-mundo-alucinante-yo-hablaba-de-un-fraile-que-habia-pasado-por-variasreinaldo-arenasReinaldo Arenas, 1965

El autor nos dice que este libro no es una novela histórica o biográfica, pues no pretende ser sino, simplemente, una novela. Sin embargo, si hemos de hacer justicia al escritor, tenemos que reconocer que la obra sí es una novela histórica y biográfica, toda vez que, en el mundo hiperbolizado y alucinante en que se desarrolla la acción, mientras el protagonista recorre ciudades y países, vamos conociendo su vida y los acontecimientos que ocurren en la correspondiente época.

La obra trata de la vida y andanzas de fray Servando Teresa de Mier, personaje histórico (1765-1827), dominico y doctor en teología, que por su sermón en que ponía en tela de juicio las apariciones de la Virgen de Guadalupe, fue apresado por la Inquisición y procesado. Estuvo en cárceles de México y España, de las cuales logró fugarse; finalmente, abolido y disuelto el Tribunal del Santo Oficio, logró quedar en libertad. En México coincidió con el poeta cubano José María Heredia, que también había padecido persecución a causa de sus ideales (luchaba por la independencia de la isla, que en ese entonces era colonia española).

Algunos de los episodios de la vida de fray Servando están narrados hasta tres veces: según pudieron haber sucedido; según la desbordante imaginación del autor, y según ocurrieron en la realidad.

En la carta dirigida a fray Servando, a doscientos años de distancia, Arenas le informa de todos los lugares por los que anduvo para conocer su vida y su pensamiento, a consecuencia de lo cual ha llegado a conocerlo y amarlo, y a descubrir que él mismo y el fraile son idéntica persona. No lo muestra como un hombre inmaculado desde el punto de vista de la pureza evangélica, ni como un héroe intachable, sino como lo que realmente fue: una de las figuras más importantes de la historia literaria y política de América, y un hombre formidable.

Fray Servando nace en Monterrey, en donde pasa su infancia. El relato de esta etapa de su vida es fascinante, porque la triple narración nos deja ver, tanto la realidad de los hechos, como el torrente de imaginación con que se la describe.

Al dejar Monterrey para seguir la carrera eclesiástica en la capital, fray Servando tiene oportunidad de ver la miseria de las clases bajas, las supersticiones que abundan, la corrupción que hace de las suyas en los conventos y el abuso de poder de las clases altas. Hombre cabal desde su más temprana juventud, rechazó las proposiciones obscenas que se le hicieron, quizá no porque habrían de desagradarle, sino por la dependencia que ello habría de significar en su vida.

En el convento buscó libros dignos de leerse. Al no encontrarlos allí, los buscaba por todas partes; al fin, los encontró entre los que se hallaban en la aduana sin que las autoridades decidieran si permitían su ingreso al país, y que los marineros se dedicaron a contrabandear. Leía vorazmente, en todas partes: debajo de la cama, detrás del altar mayor y entre los troncos de los árboles del patio. Había descubierto los libros. Quiso saber. Cayó en el foso sin escape de las letras. Entre los libros buscaba respuestas a cuantas preguntas se hacía. Y quiso saber más. Siempre se considera algo terrible y malsano el querer saber; más aún en esa época, en que muchos libros no contenían, según los censores, otra cosa que locura y sacrilegio.

Fray Servando se convirtió en un excelente predicador. Y como había impresionado al arzobispo con un sermón, este le solicitó que pronunciara otro, sobre la Virgen de Guadalupe. Este hecho marcó su destino: deambular por todo el mundo, huyendo sin cesar de sus captores. Pues es el caso que fray Servando, en lugar de decir en su sermón las cosas que se acostumbraban, protagonizó “un largo combate entre los antiguos dioses y las nuevas leyendas”. Puso en duda la aparición de la Virgen, ya que, según él, había llegado a México en tiempos muy antiguos, como parte de los dioses ancestrales, antes de la llegada de los españoles. Por ese hecho cayó en la primera de muchas prisiones que habrían de venir. Desde luego, tampoco el arzobispo creía en la aparición de la Virgen, pero le convenía tener engañado al pueblo, lo cual le producía buenas utilidades.

Lo más terrible de la prisión fue que el provincial de la Orden no le permitió conservar ni un solo libro; le había negado, asimismo, papel y útiles para escribir, todo lo cual lo llevaba a la más amarga desesperación. Embarcado a España, vio los horrores del comercio de esclavos en los barcos negreros, monstruosidad que nos hace pensar que los seres humanos no merecemos que se nos llame criaturas superiores, pues los animales son incapaces de cometer tales iniquidades.

Con sucesivos escritos, fray Servando se defendió ante las autoridades competentes; pero nadie prestó atención a sus reclamos, pues “la justicia no existe donde el gobierno está en manos de los poderosos”.

Logró fugarse de la prisión y llegar a Valladolid, en donde, una vez más, pudo constatar la corrupción de los ministros de la Iglesia. Luego, va a Madrid, en donde se asombra de la vida en esa ciudad, pues las prostitutas abundan (más de cuarenta mil, “solamente en la corte de Madrid, y esto sin contar las cortesanas, las damas nobles ni la reina”). Vicios de todo tipo proliferan en la ciudad.

Y así, de prisión en prisión, entre las que se intercalan temporadas de libertad gracias a sus fugas, fray Servando va a recalar en Francia, Portugal, Inglaterra, Cuba, Estados Unidos, Italia y, finalmente, en México, su patria, a la que tanto había añorado, al punto de conmoverlo hondamente la visión de una planta de agave (maguey), trasplantada a otro país y enjaulada en un pequeño cubículo. Tanto había anhelado la independencia de su tierra, y cuando llegó, encontró que Iturbide, que había tomado el poder, no satisfacía en lo más mínimo lo que se esperaba una vez obtenida la independencia. Por mostrarse contrario al gobernante fue encarcelado una vez más, en su propio país; pero, también una vez más, logró fugarse. Más tarde participó, como diputado por Nuevo León, en el segundo congreso constituyente, en 1813.

Aposentado en la casa de gobierno, se encuentra con el poeta Heredia, y tiene lugar un impresionante intercambio de ideas entre los dos hombres: el poeta, que trata a toda costa de hacer valer sus méritos, y el fraile, que es político y escritor, que habla de sus desengaños al no conseguir para su patria el modelo de gobierno que consideraba el mejor. Dice: Y qué somos, qué somos en este palacio sino cosas inútiles, reliquias de museo, prostitutas rehabilitadas. De nada sirve lo que hemos hecho si no danzamos al son de la última cornetilla. De nada sirve. Y si pretendes rectificar los errores no eres más que un traidor, y si pretendes modificar las bestialidades no eres más que un cínico revisionista, y si luchas por la verdadera libertad estás a punto de dar con la misma muerte…”

Toda la obra es una inmensa alegoría, llena de hipérboles, en donde los hechos se agigantan hasta llevar al lector a entender en toda su magnitud los acontecimientos relatados. La fantasía se aúna con la realidad para entregarnos un libro emocionante desde la primera hasta la última página. Las andanzas de fray Servando nos llevan al mundo de la Inquisición, de las prisiones sórdidas, de los tormentos y miserias de quienes viven sometidos a un poder despótico. Nos encontramos con personajes como Simón Rodríguez, Simón Bolívar y su prima Fanny, Humboldt, Constant, madame de Stäel y Francisco Xavier Mina.

Las reflexiones de fray Servando sobre política, religión y más temas, son profundas y admirables. El autor las ha tomado de las obras del fraile, especialmente de Apología.

Las ciudades europeas como Roma, París, Madrid, tan celebradas por cuantos las han visitado, aparecen como realmente las ve fray Servando: sórdidas, con sus tugurios, sus delincuentes, su miseria y su abyección. La fantasía campa a lo largo y ancho de la obra, unida a la realidad histórica, en un relato no exento de humor; así, por ejemplo, la batalla de Trafalgar, contada por el fraile, es una verdadera fiesta, llena de ironía, exageraciones y acontecimientos increíbles. El vuelo de la imaginación y la omnipresente hipérbole nos conducen por cárceles y conventos, y dramatizan las ideas de tal modo que el lector capta, en toda su terrible verdad, la dureza de la vida a la que tantos infelices seres humanos hubieron de someterse, que incluye la miseria, la injusticia y, en muchos casos, una muerte horrible. Y en medio de tanto dolor vemos que, mientras el espíritu es libre, no hay cárcel ni cadenas que aprisionen al hombre.

El viaje por las tierras del amor nos muestra los vicios a los que se entregaba la clase privilegiada. Se busca la felicidad, pero es una tarea inútil, porque la dicha no existe. En páginas excelentes se demuestra la inutilidad de los afanes del hombre, que ni siquiera sabe qué es lo que desea alcanzar, y se nos dice que es preferible no soñar en situaciones “mejores” que quizá sean peores que aquellas por las que atravesamos, pues muchas veces alcanzar un sueño conduce a la aniquilación. Sobre el dinero, está la magnífica metáfora del hombre que hereda una fortuna considerable, que se vuelve una carga que solamente lo hace sufrir y desear liberarse de ella. Al referirse a los tan denostados sacrificios humanos que efectuaban los aztecas, no podemos dejar de parangonarlos con las hogueras levantadas por los cristianos “civilizados”. También con estas se aplacaba la ira de un Dios enojado y ofendido.

Y, finalmente, al término de su vida, fray Servando, que ya se preparaba para ir a Dios, duda, siente miedo. Miedo de que al final de aquellos vastos recintos no hubiese nadie esperándolo. Miedo a quedarse flotando en un vacío infinito, girando por un tiempo despoblado, por una soledad inalterable donde ni siquiera existiría el consuelo de la fe. Miedo a quedar totalmente desengañado.

Esta obra, que habla de un mundo verdaderamente alucinante, perdido ya en el polvo de los siglos, contiene tanta fantasía como realidad. Ciertamente, ¿qué sería de nosotros si en nuestra vida no pusiéramos algo de imaginación y solo nos conformáramos con la prosaica realidad del mundo material? Tenemos que introducir en nuestra existencia el ideal, la poesía, la infantil capacidad de imaginar por imaginar, sin otro propósito que endulzar nuestra cotidianidad y darle un vuelco que nos aparte de la rutina y la cadena sin fin de los mismos acontecimientos, repetidos día tras día.
Este libro nos lo enseña.

Fina Crespo
Noviembre de 2015

BARCELONA

barcelonaPara comprender el entorno histórico en que se desarrolla la novela de Chufo Lloréns, es preciso conocer algo de los antecedentes de la Barcelona del siglo XI, y cómo llegó a conseguir una total hegemonía entre los pueblos de la región. 

Se han encontrado pruebas de asentamientos humanos en la región, desde 2500 a.C. Al parecer, fueron varios los poblados, uno de los cuales se llamó Barcilo, Barcinon, Barkeno o Barkino, que existía ya en el siglo III a.C.

Se instalaron allí los cartagineses, que establecieron importantes factorías en la zona; pero, al final de las guerras púnicas, fueron expulsados, y los romanos se asentaron en el año 218 a.C., y construyeron un pequeño poblado fortificado; con la pax romana de Augusto, desapareció la fortaleza y tomó auge la colonia denominada Mons Taber, que es el núcleo de la actual Barcelona. Su nombre completo fue Colonia Augusta Faventia Paterna Barcino.

Más tarde, ya en nuestra era, la región de Cataluña sufrió las invasiones de los bárbaros: vándalos, suevos y alanos. El visigodo Ataúlfo, aliado de los romanos, se estableció en Barcino, en 415. Desaparecido el Imperio romano en 476, llegaron los ostrogodos; después de un breve período de permanencia de éstos, retornaron los visigodos, pero no pudieron resistir el empuje del islam, que se había lanzado a la conquista de la Península ibérica en 711.

Carlomagno inició la conquista de Cataluña, pero la derrota sufrida en Roncesvalles la detuvo. Más tarde, en 785, Ludovico Pío (Luis I el Piadoso), hijo de Carlomagno, tomó Gerona; y, en 801, cayó Barcelona. En Cataluña Vieja se organizó la Marca hispánica, dentro del imperio carolingio, a fin de expandir sus fronteras.

A lo largo del siglo IX se organizaron varios condados, entre los que descolló el de Barcelona, que pronto se convirtió en hegemónico, sobre todo en el siglo XI (marco cronológico de la novela), época en que se construyeron muchísimos castillos, que dieron origen al nombre de Cataluña.

Ramón Berenguer I el Viejo (1024-1076), hijo de Berenguer Ramón I y de Sancha de Castilla, heredó los condados de Barcelona y Gerona. Como era lo usual en esa época (y en todas), tuvo que guerrear contra distintos adversarios y sofocar varias rebeliones. Ermessenda, su abuela, que gobernó durante su minoría de edad, y con la cual tuvo varios distanciamientos y acercamientos, le dio en venta los condados de Barcelona, Gerona y Ausona. El conde logró someter a los rebeldes, con lo cual ensanchó sus dominios. Su obra reconquistadora se completó con una fuerte repoblación de la Segarra, la Conca de Barberá y el Urgel. Obligó a dos príncipes musulmanes a pagarle parias, con cuyo producto compró las posesiones de otros señores feudales, amén de recibir las tierras de sus hermanos, por renuncia de éstos a sus derechos. Con el perfeccionamiento jurídico impuesto en los juramentos de vasallaje, añadido a la adquisición de tantos territorios, Ramón Berenguer I aseguró a los condes de Barcelona su preponderancia en Cataluña.

Queda claro que Ermessenda no fue mujer de Ramón Berenguer I, sino su abuela. Isabel, su primera mujer, murió en 1050. Luego se casó con Blanca, pero la repudió para casarse con Almodis de la Marca, que aportó al matrimonio derechos territoriales sobre parte del Languedoc. En 1071, fue asesinada por su hijastro, Pedro Ramón, habido en el primer matrimonio de Ramón Berenguer I. El asesino fue encontrado culpable y huyó a Tierra Santa.
La novela se desarrolla en una época muy especial. Termina la denominada alta Edad Media y se inicia la baja Edad Media. Comienzan los siglos del gótico, con sus magníficas catedrales, esos monumentos erigidos para la eternidad, cuyas agujas, elevadas al cielo, testimonian la fe de todos cuantos participaron en su construcción.

Se forman las nacionalidades, hecho que con el tiempo dará lugar a la creación del Estado moderno. El latín retrocede frente al avance de las lenguas vulgares, todavía en ciernes, pero que tiempo después se convertirán en idiomas cultos y evolucionados, uno de los cuales (muy bello, por cierto) es nuestro castellano.

El feudalismo inicia su decadencia, y florecen los burgos (las ciudades), con sus gremios, su comercio, su industria y su lucha por conseguir que se reconozcan sus derechos. La nobleza de sangre palidece ante el ascenso arrollador de la burguesía.

A finales de siglo, concretamente en 1095, se emprenden las cruzadas, que, aunque podemos considerarlas acciones bélicas injustificables, pusieron a la Europa medieval en contacto con las civilizaciones de Oriente, lo que llevó a Occidente a entusiasmarse con un nuevo sistema de vida y a adquirir refinamientos que no conocían en absoluto, puesto que los romanos, que sabían del arte del buen vivir, habían desaparecido siglos atrás.

Es el siglo del Cid Campeador y del mester de juglaría, de la poesía provenzal y del amor cortés. Es la época en que la Reconquista toma un fuerte impulso, que siglos más tarde culminará con la toma de Granada por los Reyes Católicos.

Éste es el entorno en que se desenvuelve la novela. Es importante conocer estos detalles, a fin de juzgar y apreciar el trabajo del autor, pues todo lector acucioso está en la obligación de hacerlo. En la novela histórica es preciso distinguir la realidad de la ficción, lo que nos hace admirar más la habilidad del escritor para incluir personajes de ficción en una época real, mezclados con personajes también reales.

Fina Crespo
Noviembre de 2009

NOS VEMOS ALLÁ ARRIBA

Image result for nos vemos allá arribaPierre Lemaitre, 2013

 

Nos encontramos frente a una obra de vasto alcance, ambientada al final de la Gran Guerra, en la cual perecieron millones de soldados, cuando aún la vida les sonreía, en plena juventud y sin tener una idea clara de las razones por las cuales combatían. Les hablaban de “fidelidad, lealtad, sentido del deber y chorradas por el estilo”, según expresión del autor, y a cambio se les exigía nada menos que su vida.

A lo largo de las vicisitudes de tres sobrevivientes, nos adentramos en un mundo de horror, no solo en lo que respecta a los hechos bélicos, sino a las consecuencias de estos una vez terminado el conflicto… ¿Terminado para los excombatientes? Nada de eso. Comienza entonces el drama de los sobrevivientes de la gran carnicería, desmovilizados, sin trabajo, sin dinero y agobiados por los traumas que la durísima experiencia vivida les dejó como secuela, pues habían visto la guerra, no a través de las noticias de prensa, sino cara a cara, en el propio campo de batalla.

Estos tres sobrevivientes son: el teniente Henri d’Aulnay-Pradelle, hombre sin escrúpulos que pasa por héroe de guerra, pero al que solamente le interesan su ascenso, las medallas y el dinero, pues se trata de un aristócrata venido a menos, que quiere recuperar para su familia el esplendor pasado; Édouard Péricourt, joven de familia rica, hijo del multimillonario Marcel Péricourt, inclinado al arte (para el cual tiene muy buenas aptitudes), de sexualidad equívoca, a quien su padre rechaza precisamente por esa circunstancia; y Albert Maillard, joven apocado, lleno de dudas e indecisiones, pero con un gran sentido del honor, del honor bien entendido, y de la gratitud.

Pradelle, pensando en sus galones y fortuna, ordena un inconsulto y repentino asalto a la cota  113, hecho que le permite, además de dar rienda suelta al enfermizo odio que profesa a  los alemanes, aprovechar la oportunidad de representar el papel de héroe, cuando ya la contienda llegaba a su fin y quedaban pocas ocasiones para lograr ese objetivo. Para protegerse de posibles inconvenientes en el futuro (que irían en su contra), elimina los cadáveres de quienes, en cumplimiento de sus órdenes, perecieron durante el reconocimiento del lugar; al ver que Maillard se da cuenta de lo ocurrido, provoca su muerte; no obstante, cuando para este último parecía todo perdido y su fin era inminente, interviene Édouard y lo salva; pero esa acción deviene en perjuicio de este último, que recibe una descarga de metralla, a consecuencia de lo cual su rostro queda mutilado, horriblemente desfigurado, sin mandíbula inferior y sin lengua.

Al finalizar la guerra, los sobrevivientes deben regresar al hogar. Pero Édouard no quiere volver a su casa ni ver a su padre, como tampoco a su hermana, Madeleine. Se niega a que le implanten un injerto para en algo reconstruir el rostro deformado. Con la complicidad de Albert, que se ha convertido en su sombra, y que lo cuida y protege en todo momento, toma los documentos de un soldado muerto que no tiene familiares que lo reclamen, adopta su nombre y lo suplanta. Por su parte, Albert también toma los documentos de otro soldado muerto, lo cual le servirá más adelante.

Aparte de los nombrados y entre los tantos personajes que desfilan por la obra, se destaca Marcel Péricourt, hombre multimillonario, para quien no existe en la vida nada mejor que hacer dinero e incrementar su fabulosa fortuna. Cuando se entera de la muerte de su hijo (hecho falso), siente su corazón por primera vez. Llora amargamente, pues, ¿de qué sirven la fortuna, los negocios, las empresas, si comprende que nunca fue un buen padre, y que frente a la partida de su hijo nada valen los éxitos de este mundo?

Un personaje ejemplar es Joseph Merlin, el funcionario correcto, que no se deja sobornar por una cantidad que haría vacilar al más honrado. Cumple con su deber, pese a que nunca ha recibido el reconocimiento de sus superiores a su labor. Además, es el único que, al cavilar acerca de tantos combatientes muertos en plena juventud, se siente apenado por ello y afectado por la tragedia que la guerra representa, cuando tantos otros solo ven que “una época de crisis favorece por definición a las grandes fortunas”.

Un personaje entrañable es Louise, la niña de once años que traba amistad con Édouard; tiene una inteligencia muy aguda y, pese a su corta edad, manifiesta una lealtad a toda prueba.

Todos los demás personajes se hallan perfectamente descritos: algunos, francamente abyectos; otros, valientes y resignados, como el mutilado que se gana la vida arrastrando un carretón.

La acción se desarrolla sin tregua, pues las aventuras se suceden sin descanso y llevan al lector de un sobresalto a otro. En cada una de ellas, se puede apreciar la destreza del narrador, pues, conjuntamente con la descripción de los hechos, tiene lugar un verdadero análisis de la guerra y sus consecuencias. La verdad es que una cosa es mirarla en los periódicos, desde las noticias: tantas bajas, tantos desaparecidos, tantos pueblos destrozados, tantos civiles muertos, tantas batallas ganadas y perdidas; números fríos, que nada dicen del ser humano que expone (y en muchos casos pierde) su vida. Qué fácil es decir, por ejemplo, que la batalla de Verdún duró diez meses y costó 300.000 muertos. Otra, muy diferente, es mirarla con los ojos de los combatientes: todos los horrores, la muerte de los camaradas, las mutilaciones, el barro, el miedo, la desesperación; y el atroz dilema: por un lado, por el poderoso instinto de conservación, el afán de evadirse, de salvar la vida; por otro, enfrentar el pelotón de fusilamiento por deserción o por abandono del puesto.

La crueldad de la guerra es infinita: es el más espantoso azote que puede caer sobre la humanidad. En palabras del autor, “En el fondo, una guerra mundial no es más que un intento de asesinato generalizado en un continente”. Creo que no solo es un intento: es un asesinato. Y todo, para satisfacer la codicia de los que ganan inmensas fortunas a costa del sufrimiento y muerte de innumerables seres humanos; y, cómo no, el afán de lucirse como grandes estrategas, quienes “pelean” la guerra desde sus escritorios, sin exponerse para nada. Los muertos sirven para efectuar negocios fraudulentos, obtener ingentes ganancias y acumular inmensas cantidades de dinero. Los caídos, pues, no son personas: son piezas que producen magníficas utilidades.

La obra enfoca diversos temas. Uno de ellos, muy de tomar en cuenta por cierto, es la situación de los excombatientes. Han sobrevivido a la guerra, sí; pero, luego de la desmovilización, les esperan el olvido y la miseria. Las grandilocuentes declaraciones, como “la emocionada gratitud de una Francia reconocida”, no eran sino palabras vacías destinadas a los artículos periodísticos y al gran público, pero no correspondían a la realidad. La dura verdad es que, antes de la desmovilización, los hacinaban en barracones donde escaseaban la comida y la más mínima comodidad; y, una vez en sus lugares de origen, se encontraron sin trabajo, mutilados muchos de ellos y sin la pensión que el Estado les debía. Como bien dice el narrador: “El país era presa de un frenesí conmemorativo en honor de los muertos, directamente proporcional a su aversión por los sobrevivientes”.

Aparte de estos temas tan importantes, tangencialmente se tratan asuntos como la situación de las mujeres en esa época (reciente, porque para un período histórico, un siglo no es mucho tiempo): “…en esa época las mujeres sufrían mucho desprecio”. Y el racismo, que lo vemos en el siguiente párrafo: “…las exhumaciones habían sido rápidas, pues nadie insistía mucho. Por delicadeza, se había encomendado esa tarea a los trabajadores franceses, ya que, sabe Dios por qué, a algunas familias les repugnaba que los senegaleses desenterraran a sus muertos: ¿tan poco digna era la tarea de exhumar a los caídos, para encargarla a unos africanos?” Asimismo, el deplorable desempeño de la burocracia: el deficiente trabajo de los ministerios y de la administración pública en general.Por último, la situación del personal de servicio, cuyos miembros eran tratados como seres inferiores, al punto de que no estaban autorizados para tomar el ascensor: tenían que subir y bajar por las escaleras.

El estilo de la obra es estupendo: abundan las frases felices, las metáforas, los símiles, las reflexiones filosóficas; y, a pesar de tratarse de un tema difícil y trágico, un finísimo humor se encuentra por doquier.

La trama está muy bien articulada; después de un sinfín de aventuras y circunstancias a cuál más sorprendentes (que incluyen la fenomenal estafa de Édouard y Albert, así como los negocios turbios de Pradelle), todos los personajes hallan su destino.

El título del libro, “Nos vemos allá arriba”, corresponde a las últimas palabras escritas a su esposa por Jean Blanchard, fusilado el 4 de diciembre de 1914 por abandono de la posición, y rehabilitado el 29 de enero de 1921. Demasiado tarde. Un “error” sin importancia, que cuesta nada menos que la vida de un ser humano, arrebatada injustamente.

Lemaitre reconoce haber tomado “cosas prestadas aquí y allá de diversos autores”, cuyos nombres anota escrupulosamente y   que corresponden a destacadas personalidades del mundo literario, y pide “que consideren estos préstamos como otros tantos homenajes”. En todo caso, lo ha hecho de tal manera, que el resultado es un relato apasionante, que cautiva al lector, lo incita a reflexionar y lo deja completamente satisfecho.  Muy merecidos me parecen, tanto el premio Goncourt, como varios otros  que se le han  otorgado.

Fina Crespo

Abril de 2015

LA CONJURA DE LOS NECIOS

Image result for la conjura de los neciosJohn Kennedy Toole, principios de la década de 1960

Esta novela tiene mucho de comedia; se trata de una obra bastante compleja, pues los temas que incluye son muy diversos: desde los movimientos sociales de hace medio siglo, hasta la tragedia de la vejez y del desempleo, no sin pasar por una visión escalofriante de la pobreza y de la explotación de que son víctimas quienes padecen tales situaciones. Todo ello llevado al absurdo, con situaciones tratadas de tal manera que nos provocan risa, a la vez que nos obligan a leer sin descanso, ávidos por conocer el desenlace de cada una de las aventuras narradas, así como el final de la obra.

El personaje principal, el héroe de la novela, es Ignatius Reilly, hombre de treinta años, desocupado de profesión (pese a tener un título universitario obtenido en ocho años de estudios, el doble de tiempo previsto para cursar la misma carrera), que vive con su madre y que es un enfermo crónico debido a la hipersensibilidad de su válvula pilórica, hecho que le sirve de pretexto para no trabajar y para vivir pendiente de nimiedades de su salud, a la vez que dedicarse a comer desmedidamente, con un apetito comparable al de Homero Simpson. Pasa muchas horas escribiendo textos que, en su criterio, algún día serán una magna obra que producirá grandes ganancias.

Irene, la madre, viuda desde hace unos tantos años, vive pendiente de su hijo, del que se ocupa como si fuera un niño pequeño y del que recibe maltratos que no debería soportar; para sobrellevar sus cotidianas dificultades, bebe con cierta frecuencia, lo que le ocasiona más de un problema.

Los demás personajes: Jones, la señorita Trixie, Myrna Minkoff, Lana Lee, Darlene, Santa, Robichaux, Mancuso (el policía obligado a encontrar y detener al menos a un delincuente), González, Levy y su mujer (quienes mantienen una relación pésima, al punto de que, en medio de los bellos y caros artículos que llenan la mansión en que viven, ellos mismos no se consideran objetos gratificantes) representan, cada uno, un estrato social; y, a pesar de las hilarantes situaciones en que se desenvuelven, se percibe la tragedia de quienes, como Jones, Trixie y Mancuso, viven entre la angustia y la resignación, obligados a cumplir papeles que detestan, pero de los que no pueden liberarse.

Caso especial es la mujer de Levy: la consideran culta porque ha seguido un curso de psicología (¡!); en realidad, es una persona algo chiflada, empeñada en que la señorita Trixie se sienta querida y útil, razón por la cual no le permite jubilarse, pese a que la pobre anciana lo desea vivamente. Es un caso bastante común entre personas de cierto estrato social, que efectúan labores “benéficas” y que padecen de un esnobismo a todo dar.

Empujado por las circunstancias, Ignatius se ve obligado a buscar trabajo. Su anhelo de mejorar la situación de la humanidad y su idealismo (porque, sí, es idealista) lo llevan, al igual que a don Quijote, a enderezar entuertos, y se ve inmerso en problemas que devienen en la pérdida de sus respectivos trabajos.

En sus escritos, Ignatius anota los hechos sobresalientes en los que ha intervenido, y  siempre echa la culpa de sus fracasos a la fortuna, que le juega malas pasadas. Describe admirablemente la situación de los negros en una sociedad de blancos imbuidos de su propia superioridad; ataca sin piedad a Myrna, su antigua novia, a la que endilga los peores epítetos. Como la acción se desarrolla pocos años después del macartismo (nombre derivado del político norteamericano Joseph McCarthy, que en los tempranos años cincuenta desató una verdadera “caza de brujas” contra supuestos simpatizantes del comunismo y contra los que tenían ideas opuestas al gobierno, a quienes inhabilitó profesionalmente), se percibe la paranoia que en ese entonces azotaba a los Estados Unidos, pues muchas personas veían comunistas por todas partes y se aterraban de ello.

Con el fin de establecer un gobierno ideal para su país, Ignatius no vacila en recurrir a la comunidad homosexual, a fin de ganar adeptos para su campaña; pero allí también fracasa, pues nadie comprende ni comparte sus ideales. Hombre de obsesiones, Ignatius no se explica cómo el resto de personas (los necios) no apoyan sus proyectos, que, según él, pueden cambiar la sociedad para mejor. Y una y otra vez insiste, sin que lo arredren tantos reveses.

Irene, la madre de Ignatius, sufre la perturbación de su hijo; pero, al final, comprende cuán mal había actuado al sobreprotegerlo hasta convertirlo en un inútil, bueno para nada, víctima de temas e hipocondríaco. Por tanto, decide cortar con todo aquello y, al fin, vivir libremente su vida.

Uno de los desaciertos de Ignatius se convierte en la clave para que se solucionen los problemas surgidos a lo largo de la obra y para que todos los personajes encuentren su destino. El propio Ignatius termina curado y redimido por Myrna Minkoff, a la que tanto había denostado.

La conspiración de los necios es una obra deliciosa, que no solo entretiene a los lectores, sino que nos invita a pensar en la realidad de la sociedad en que vivimos, pues, aunque la obra se escribió hace algo más de medio siglo, hay circunstancias que no han cambiado o que han variado muy poco. Veamos un ejemplo que casi pasa desapercibido: hoy, la gente se aliena con el celular; entonces, con el radio de transistores.

Aunque el personaje principal es un individuo que aparentemente ha perdido la razón, la verdad es que en sus escritos demuestra tener una visión clara del mundo que lo rodea y de la sociedad a la que pertenece. Todo su esfuerzo se esfuma ante la incomprensión y la burla de sus semejantes.

En esta obra se toca un problema que, al menos en nuestra época, afecta cada día más a numerosas familias: los hijos sobreprotegidos, a los que se considera superdotados y a los que, en consecuencia, sus padres los tratan con una permisividad excesiva; hijos que, aunque son adultos hechos y derechos, viven aún con sus padres, con todos los problemas que ello acarrea; hijos que no se hacen cargo de sus vidas, porque para eso están sus padres, con los cuales establecen lazos de manipulación (que ambas partes ejercen) y que no maduran nunca: son los futuros huérfanos de cuarenta, cincuenta o sesenta años.

Por último, hay otras cuestiones: ¿Qué es la cordura? ¿Qué es la locura? La línea divisoria entre estos dos extremos es, en ciertos casos, muy débil. ¿Son locos los quijotes de este mundo? ¿O lo son quienes se dejan alienar por el sistema, el esnobismo, la extravagancia, el ansia de “ser originales”, el consumismo? Dice Sándor Márai, el excelente escritor húngaro, al referirse a la insania: “…ese veneno sutil, invisible e impalpable que es la locura…” ¿Y no son venenos sutiles, invisibles e impalpables las ideas que la televisión y muchas publicaciones de moda instilan en el cerebro de niños, adolescentes y jóvenes, que los alienan e impiden pensar en lo fundamental? ¿Dónde está la razón? ¿Dónde está la locura? ¿Quiénes son los necios? ¿Quiénes son los sensatos?

El sistema imperante prepara a las personas, desde la más tierna infancia, en forma sutil y taimada, para ser consumistas sumisos y para creer que el comprar desaforadamente produce felicidad. Mientras más compras, más feliz eres. Es una idea falaz, que solo conduce a la destrucción de uno de los bienes más importantes que tiene una persona: su libertad, la verdadera libertad, que no es la de vivir bajo tal o cual sistema político, sino la de tener un auténtico libre albedrío y saber a ciencia cierta cómo conducirse en la vida; la de ser dueña de sus decisiones, de su pensamiento rector; en una palabra, de su conciencia.

La conjura de los necios, en la que la influencia de Cervantes es evidente, pues Ignatius no es sino un Quijote moderno, es una obra para leerla tres veces, como dice Walker Percy, el autor del prólogo. Y para que en cada ocasión nos guste más. Galardonada con el Premio Pulitzer, es una obra que se recomienda por sí misma. Y coincidimos con las palabras de Percy, que deplora la prematura muerte de Toole, que nos privó de una probable producción literaria de excelente calidad.

 

Fina Crespo

Febrero de 2015

LA CENA

Herman Koch, 2009

Estobra, galardonada con el Premio del Público y declarada Libro del Año en 2009, ciertamente merece estas distinciones: admirablemente bien articulada en el transcurso de una cena, satisface completamente al lector y lo lleva a reflexionar sobre el tema principal, esto es, acerca de la moralidad o inmoralidad de los actos humanos, y si existe justificación para un delito a todas luces reñido con el primero y más elemental de los derechos del hombre: la vida.

La novela se desarrolla en cinco instancias: Aperitivo, Entrantes, Segundo, Postres y Digestivo. Narrada en primera persona, el lector conoce los acontecimientos por medio de los recuerdos, pensamientos y cavilaciones del hermano menor, hombre violento, mentalmente desquiciado.

El relato se inicia con la cita de dos hermanos, Serge y Paul Lohman, y sus respectivas esposas, Babette y Marie Claire, para cenar en un exclusivo restaurante de Ámsterdam, en donde Serge  consigue mesa sin haberla reservado con anticipación, pues, como se trata de un político muy conocido, no debe someterse a la espera de tres, cuatro y hasta seis meses, como es costumbre en ese lugar. Este hecho nos da la medida de quién es el personaje. La atención que reciben los comensales nos permite ver hasta qué punto se adula a quien tiene dinero y poder.

Las dos parejas se han reunido para tratar acerca de un gravísimo asunto relacionado con sus hijos: Rick, de Serge y Babette; y Michel, de Paul y Claire. Ambos son de la misma edad, quince años, y se hallan cursando sus estudios secundarios. Los lectores sabemos, sí, que hay un problema espinoso; pero el autor se las ingenia para mantener la expectativa, sin revelarnos de qué se trata. Se mantiene, pues, el interés del lector, que devora una página tras otra hasta conocer, por fin, el desenlace de los acontecimientos.

Los personajes están muy bien definidos: Serge es un político muy conocido y se halla en campaña, con vista a las elecciones que habrán de efectuarse en unos seis o siete meses. Vive pendiente de su imagen, y aunque su preocupación principal es ganar las elecciones para el cargo de primer ministro, no es del todo un hombre falto de principios. Ya lo veremos más adelante.

Babette es la típica mujer del político que tiene posibilidades de triunfar. Aunque no es feliz junto a su marido, se contagia de las ambiciones de este, y no piensa en otra cosa que en la importancia de las elecciones que se avecinan. Es más lista que Serge.

La pareja tiene dos hijos de su sangre: Rick y Valerie; además, por razones que probablemente nada tienen que ver con el amor al prójimo, han adoptado a un niño de Burkina Faso, país del África, al que llaman Beau, que goza de los mismos privilegios que sus hermanos y que también tiene la misma edad, aproximadamente, que Rick.

Paul, el ex profesor de historia, es un personaje muy complicado. Con toda seguridad, está mentalmente enfermo. Ama a su mujer con devoción y siente que la suya es una familia feliz. Piensa que la felicidad se basta a sí misma. Mentalmente cita la primera frase de Ana Karenina, la novela de Tolstói: “Todas las familias felices se parecen entre sí, pero cada familia desdichada ofrece un carácter peculiar”. Y agrega,  de su propia cosecha: “Solo me atrevería a añadir que las familias desdichadas, y sobre todo los matrimonios desdichados, nunca pueden estar solos. Cuantos más testigos tengan, mejor. La desdicha busca siempre compañía. La desdicha no soporta el silencio, sobre todo los silencios incómodos que se producen cuando se está a solas”.

Paul se siente feliz con su mujer y prácticamente no puede hacer nada sin el concurso y la ayuda de ella; sin embargo, aunque se considera dichoso, es un hombre amargado. En realidad, envidia a su hermano mayor; permanentemente le desea el mal; ansía que Babette se lance en contra de su marido, para que tengan una pelea como debe ser; además, escudriña el mínimo movimiento o ademán de su hermano para criticarlo. Como se trata de un político, lo conceptúa hipócrita y falaz; así, por ejemplo, nota la sonrisa falsa de su hermano y sentencia que aquella sonrisa procede del mismo saco que el apretón de manos.

Y no solo es amargado: Paul es un individuo irresoluto, que en su mente se presenta a sí mismo como un valiente; pero siempre, a la postre, comprende que debió actuar de tal o cual manera y no lo hizo, con lo cual se le pasó la oportunidad. Hasta en las situaciones más simples, se la pasa imaginando lo que va a suceder, lo da por cierto y se queda sin llevar a la práctica algo que se había propuesto. Y así, en su mente elabora proyectos que jamás se harán realidad. Le gustan los huracanes, maremotos y tornados, y estima que un mundo sin violencia, sea natural o de carne y hueso, sí que podría ser insoportable. Él mismo protagoniza varios episodios de furor incontrolable: contra el dueño de una tienda de bicicletas, cuando Michel, entonces un niño de ocho años, había roto con una pelota el vidrio de un escaparate; contra el dueño del restaurante en que cenan los hermanos y sus esposas; contra el director del colegio en que estudia Michel, oportunidad en la que golpea salvajemente al pobre hombre; contra su propio hermano, al que le lanza una cazuela muy caliente a la cara; contra el director del instituto en que él mismo daba clases, a quien pensó hasta matar. Estos hechos nos hacen pensar que Paul es un psicópata, que cree tener patente de corso para humillar y atropellar al prójimo.

Marie Claire (a quien su marido llama solamente por su segundo nombre), es también más lista que Paul, sobre el que ejerce una influencia enorme. Se sienten tan compenetrados entre sí, que a cada uno le basta dirigir   una mirada al otro,  para estar al tanto de su pensamiento. Es una mujer de armas tomar, que, en las peores situaciones, no vacila en adoptar medidas extremas. Pese a que no sufre de ninguna enfermedad mental, es peor persona que su marido.

Mientras espera la llegada de su hermano al restaurante, Paul rememora lo ocurrido esa misma noche, cuando entra al cuarto de su hijo a buscar “algo”, y encuentra, en el teléfono celular del muchacho, una información que lo angustia y lo trastorna. Una vez más, el autor juega con el suspenso y no nos revela lo que vio el padre en el celular de Michel.

Llegado el momento del entrante (o entrada, como decimos nosotros), ocurre un pequeño accidente en el descorche de la botella de vino que se va a consumir. Con sutil ironía, el autor nos muestra todas las bufonescas e inútiles ceremonias a que recurren, para los actos más simples y sencillos, quienes quieren aparentar cultura y exquisitez, en ocasiones tales como la de estar en un restaurante de mucha categoría, en donde se sirven platos casi vacíos y carísimos.

Luego de varias disquisiciones de Paul, el narrador, llegamos por fin al meollo del asunto; pero antes de abordarlo, cabe detenernos en el criterio de Paul respecto a la educación de los hijos:

“Ya me daba por contento con que Michel siguiera llamándome papá y no ‘Paul’. En todo este asunto de los nombres había algo que me sacaba de quicio: niños de siete años que llaman ‘Joris’ a su padre y ‘Wilma’ a su madre. Era una confianza mal entendida que al final siempre acaba volviéndose contra los padres demasiado modernos. Solo mediaba un pequeño paso del ‘Joris’ y ‘Wilma’ al ‘¿No te he dicho que lo quería con mantequilla de cacahuete, Joris?’, tras lo cual, el bocadillo de crema de chocolate era despachado de vuelta a la cocina y desaparecía en el cubo de basura.

“Lo había visto muchas veces en mi propio entorno, padres que soltaban una risita estúpida cuando sus hijos les hablaban en ese tono. ‘Vaya, cada vez llegan antes a la pubertad’, comentaban para disculparlos. No comprendían, o sencillamente les daba miedo comprender, que habían criado monstruos. Naturalmente, lo que en el fondo de su corazón esperaban era que, a sus hijos, Joris y Wilma les gustaran más tiempo que papá y mamá”.

Paul y Claire, sin darse cuenta, habían criado también un monstruo. Michel y su primo, Rick, habían atacado a un menesteroso, sin motivo alguno; y, además, habían filmado la escena. Posteriormente, cometen un delito mucho más grave: en un cajero automático atacan a una indigente, la atormentan, hieren y maltratan, y terminan matándola con un bidón de gasolina casi vacío que lanzan a la cabeza de la mujer y que estalla cuando los adolescentes prenden un encendedor de cigarrillos. Todo lo graban en el celular; peor aún: más tarde regresan al lugar del delito y se ríen de lo que han hecho. Por si la grabación en el celular fuera insuficiente, todos estos hechos quedan filmados por la cámara de vigilancia.

La conversación de las dos parejas en el restaurante se centra en los sucesos acaecidos y en la defensa de sus respectivos vástagos. Serge, el político, es quien se comporta más razonablemente: comprende que lo que han hecho Rick y Michel es muy grave; anuncia el retiro de su candidatura, y considera que los dos chicos deben afrontar lo que han hecho y aceptar sus consecuencias (el castigo de la ley).

Ante semejante posición de Serge, Babette, Claire y Paul expresan categóricamente su oposición, pues ven en esa circunstancia, que el futuro de sus hijos corre peligro. Al propio tiempo, tratan de justificar a los jóvenes mediante argumentos disparatados. Claire, especialmente, se manifiesta con un total desprecio por la víctima, como si su muerte no importara nada. Según ella, si nadie se entera, no ha pasado nada. ¡¿Nada?! ¡Se trata de la muerte de una persona inofensiva a manos de dos vándalos! A Claire le interesan únicamente Michel y Rick. Si ellos están a salvo, lo demás no importa. Las comparaciones que hace no tienen lugar ni sentido.

Paul, por su parte, manifiesta que, tanto él como su mujer, no quieren inculcar en Michel un sentimiento de culpa. Estima que la fallecida es, en parte, culpable de lo que sucedió y que no es posible que una indigente que está estorbando en un cajero automático se vea como la inocente de la película.  ¿Acaso alguien puede cometer  un crimen de esa naturaleza y no sentir ninguna culpa, ningún remordimiento? ¿Qué clase de sentimientos tiene esta gente? ¡Claro que la  víctima es la inocente de la película!

A todo esto, Beau, que no había participado en el delito, se entera de lo sucedido y trata de chantajear a Michel. Este se comunica con la madre y, en la seguridad de que “papá no sabe absolutamente nada”, se confabulan para asesinar a Beau, que desaparece sin dejar rastro.

Claire, mujer sin escrúpulos, para evitar que su cuñado anuncie el retiro de su candidatura, le lastima el rostro con una copa rota. El agredido tiene que ir al hospital y no puede formular la declaración que había proyectado. De todos modos, meses más tarde pierde las elecciones, hecho del cual su hermano se congratula.

Cuando tuvo que retirarse del instituto en donde daba clases de historia, Paul fue a ver al psicólogo del plantel; allí se entera de que padece de una enfermedad delicada (¿esquizofrenia?) que puede haber transmitido a su hijo; el doctor menciona el nombre de  un científico alemán (¿Kraepelin?), y le indica que, con la medicación adecuada, se puede controlar la enfermedad. Ante la explicación de todo lo que se puede averiguar en la actualidad mediante la amniocentesis, Paul pregunta si hace treinta o cuarenta años era ya posible efectuar este examen. El psicólogo le responde: “Si esa prueba hubiera estado disponible entonces, no sería del todo impensable que sus padres hubieran optado por ir sobre seguro”. Es una clara mención del aborto.

Pero a Claire sí le practicaron la amniocentesis, circunstancia que Paul ignoraba. Al descubrir la verdad en unos documentos que su mujer guardaba desde hacía algunos años, tiene la seguridad de que Michel heredó la enfermedad. Esto podría explicar, quizá en parte, la actitud criminal del joven; pero ¿por qué la madre no lo llevó al médico para que le tratara la enfermedad? Es una negligencia imperdonable.

Al final, dos crímenes quedaron impunes: la muerte de la indigente y la desaparición de Beau. Los cómplices de estos adolescentes, sus padres, permiten que los chicos se salgan con la suya. Los dos muchachos se libran de la cárcel y de la vergüenza pública. Según sus padres,  nada le deben a la sociedad, ninguna reparación: solo murió una indigente y desapareció un joven africano. ¿A quién le interesa? Nadie se entera de lo sucedido; por tanto, no ha pasado nada. La vida de esos dos pobres seres no vale en lo absoluto. Pero el recuerdo de lo sucedido perseguirá toda la vida a los que cometieron el crimen, a menos que no tengan conciencia. Todos los días vemos que el que  tiene poder y dinero no tiene por qué temer a la ley. La cárcel es solo para los de abajo.

Esta obra de Herman Koch,  con toda justicia, ha sido reconocida como un aporte sustancial a la literatura. A lo largo de la famosa cena, se tratan, aparte de los asuntos que forman la trama principal de la novela, otros puntos de no poca importancia. Por ejemplo, sin ruido, se habla de una lacra que todavía, en este siglo XXI y  quién sabe hasta cuándo, corroe las relaciones humanas: la xenofobia. La vemos claramente en el odio que los franceses profesan a los holandeses, lo que nos demuestra que no solo se aborrece a los pueblos tercermundistas, sino a todo aquel que representa al “otro”

Se habla del racismo y de los diferentes ángulos desde los cuales se puede tratar este asunto. Se topa el tema de la homosexualidad, y de cómo, en uno u otro caso, se califica de buenos o malos a los individuos, según cómo se comportan con nosotros, independientemente de pertenecer a otra etnia o ser homosexuales.

Se habla de la educación de los hijos, y  de que, hágase lo que se haga, nada está escrito al respecto. Hay una escena en que Paul ve en los ojos de su hijo el odio que le profesa; sin embargo, hay hijos que han sido muy bien educados y que también odian a sus padres.

En definitiva, este libro dejará satisfecho al lector más exigente. Nos hace ver que el ser humano es igual en todo lado, y que en los países supuestamente más civilizados, “también se cuecen habas”. Vale la pena recomendar su lectura.

Fina Crespo

Diciembre de 2014

NOTA:

Nosotros, lectores y habitantes de estas latitudes latinoamericanas, en donde el maíz ocupa un lugar muy importante en la alimentación, no podemos pasar por alto el comentario que el autor pone en boca de Paul: que el maíz es, fundamentalmente, comida para cerdos. No está bien esa frase. Dejo sentada mi protesta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA MUJER LOCA

Juan José Millás, 2014

 

La novela se inicia con una palabra que no es tal: pobrema, vocablo que, sin haber sido escrito ni pronunciado jamás, habita en el cerebro de una joven, Julia, que, aunque perturbada mentalmente, sufre una locura  muy similar a la de Don Quijote, que solo la experimentaba en lo relacionado con la caballería andante, no así en los demás asuntos, en los que siempre demostraba mucha lucidez. Del mismo modo, Julia está desquiciada, pero únicamente en lo que tiene que ver con la gramática, mas no con otros temas.

Por hallarse enamorada de Roberto, su jefe, que es filólogo, comienza a estudiar gramática con ahínco, y ello deviene en un desfilar, por su mente, de infinidad de palabras y frases que “hablan” con Julia y expresan preocupaciones y sentimientos. Pobrema, la palabra que no lo es, desea entrar en el léxico, de modo que pueda servir para hablar o escribir. Consigue convertirse en vocablo, a cambio de sufrir una mutilación y perder su personalidad, su yo. Julia le extirpa la sílaba ma y queda la palabra pobre, que metafóricamente en este caso, nos dice mucho. Cuántos seres humanos hay que, con tal de pertenecer a tal o cual estrato de la sociedad, pierden su identidad y sufren mutilaciones, no físicas, sino espirituales o intelectuales.

En la intensa actividad que personas imaginarias, vocablos y frases despliegan en la mente de Julia, se filtra, quieras o no, una deliciosa, aunque pequeña, clase de gramática. Nos muestra el inmenso poder de las palabras; la maravilla que es el lenguaje; la innegable realidad de que, aunque lo poseemos, también nos posee; el hecho cierto y muy cierto de que intelectualmente somos lo que es nuestro léxico, pues no podemos nombrar sino aquello que conocemos; lo apasionante que es dedicarse a estudiar el idioma, actividad que nos depara mil y una satisfacciones; y la explicación de las palabras sexo y género, que no significan lo mismo: la primera define a las personas; la segunda, a los seres gramaticales. Para despedir a pobrema, diré que prefirió ser insignificante, a perder su personalidad, su yo; recuperó la sílaba ma y volvió a quedar completa. ¡Cuántas personas deberían hacer lo mismo!

Aunque perturbada mentalmente, Julia no está muy lejos de quienes se dedican a estudiar el lenguaje, porque adquirir familiaridad con las palabras, darse cuenta de su inmenso poder, construir juegos lógicos con ellas, es una actividad deliciosa, amén de que nos incita a manejarlo correctamente, como lo que es: el poderosísimo instrumento del que disponemos los seres humanos para comunicarnos.

Los avatares de la vida llevan a Julia a la casa de Serafín y Emérita. Esta última sufre una enfermedad incurable y por ello ha decidido recurrir a la eutanasia, mediante suicidio asistido.

Al llegar a esta parte del relato, Millás le da un giro espectacular, puesto que él mismo entra a formar parte de los personajes de la obra. Quiere escribir un reportaje sobre Julia, y acaba por interesarse vivamente en la enferma, que pasa a convertirse en el personaje principal de la narración. Cuando entra en la casa de Serafín, se encuentra con que es la misma en que vivió en su temprana juventud, cuando era estudiante, y en donde experimentó un duro episodio, a raíz del cual su amiga María quedó perturbada, como ahora lo está Julia.

Millás pasa algún tiempo con la enferma, y poco a poco va interesándose en ella; cambia el trato, hasta cierto punto descortés del principio, a un genuino deseo de escuchar lo que ella tiene que decir. Y, ¡vaya!, tiene mucho de qué hablar. Ya lo veremos más adelante.

A la par de sus visitas a la enferma, Millás acude a una psicoanalista, mujer de ochenta años, a la que precisamente ha escogido por tener esa edad, de modo que espera que fallezca durante el tratamiento, lo que, en efecto, sucede.

En el diván de la psicoanalista, Millás se desdobla en el Millás de acá y en el de allá. Ambos personajes son el escritor y el narrador, que, según las propias palabras del autor, son dos instancias diferentes. Y añade que puede haber una tercera. Se siente fascinado por el “mapa” de un país imaginario, dibujado en el techo del consultorio, a partir de una mancha de humedad. Ello da pie para hablar de lo falso y de lo verdadero, y de lo difícil que es establecer una línea divisoria entre ambos conceptos. Entre una y otra sesión, Millás y su psicoanalista hablan del mundo, y de que, como en la computadora, este se repite a sí mismo incesantemente, con un copia y pega, copia y pega, sin fin. Así son también las generaciones humanas, que no son sino un copia y pega de los genes. Se refieren también a lo legal y a lo ilegal; y, al hablar del suicidio de Emérita, llegan a la conclusión de que los sucesos relatados en la literatura interesan por más tiempo que los acontecimientos reales (la ficción, a la larga, aguanta más que la realidad), pues los suicidios ficticios de los libros influyen por mucho más tiempo que los reales.  En varias oportunidades, durante las sesiones, Millás se convierte en el psicoanalista, pues es quien hace las preguntas y   espera respuestas de la profesional que lo atiende.

Los diálogos de Millás y Emérita son muy profundos. Se habla de las personas porquesí y porquenó, condición que diferencia a quienes hacen las cosas por hacerlas, de quienes las hacen por amor. Emérita, que es una persona porquesí, encuentra el amor en los demás, y no en sí misma, pues no tiene disposición para amar; la prueba es que se casó porque sí; sin embargo, según Millás entiende, Emérita, al final, encuentra en sí misma el amor, esto es, la capacidad de amar.

Para Emérita, la vida es como un paquete turístico barato, aunque bien organizado, en el cual a cada uno le toca lo bueno o lo malo, sin que haya dedicatoria. Opina que el amor es la prótesis más espectacular inventada por el ser humano, para suplir la amputación afectiva de que padece.

Finalmente, confía a Millás un episodio vivido hace treinta o cuarenta años (antes, recordaba la fecha con precisión, pero ahora no, porque el tiempo está roto para ella). Es un secreto que ha guardado durante toda su vida: mató a un desconocido, un hombre de edad, porque él mismo se lo pidió y la obligó a hacerlo. Su marido, que siempre supo lo que había pasado, jamás le preguntó nada ni habló de ello. Así era el amor que le profesaba. Al entregar a Millás el revólver que utilizó para matar al hombre (que resultó ser un abogado muy conocido), se deshizo de la carga que había soportado durante tantos años. Tal como le dijo el hombre que le pidió que lo matara, ese acontecimiento cambió la vida de Emérita para siempre. Sintió lo que significa tener en las manos la vida de otra persona, algo que no la dejaría en paz nunca.

Estos diálogos se amplían a temas tales como la opinión de que Dios no es todopoderoso, porque nada puede hacer en determinadas circunstancias; que Dios somos nosotros mismos; que todo el mundo quiere ir a algún sitio, señal inequívoca de que no vamos a ninguno. Y así, un continuo filosofar, que nos lleva a inquirir también sobre nuestras propias vidas y la forma en que las vivimos, pues tampoco sabemos nada y caminamos entre sombras.

Por fin, Emérita ingiere el coctel preparado para su suicidio asistido, y fallece.

Los demás personajes siguen su rumbo: Serafín y Julia se unen como pareja, venden la casa y se van de la ciudad. El cura, que confesó y dio la extremaunción a Emérita poco antes de su fallecimiento, vuelve a su pobre casa y guarda el secreto de lo sucedido. Millás “concurre” a una sesión con su terapeuta muerta, y aún tiene lugar un diálogo filosófico más.

La mujer loca es un libro fascinante, que en sus páginas trata de temas muy  profundos y recoge experiencias que nada tienen de extraño, porque son sucesos que, aunque nos parezcan imposibles, ocurren muchas veces en la realidad. Aunque las ficciones que pueblan la mente de Julia no son más que eso, ficciones, para ella son absoluta verdad; por tanto, esas personas que nosotros vemos como irreales, para la joven existen y tienen entidad propia. Las frases y las palabras hablan con tal fuerza, que Julia siente todo ello como algo totalmente cierto. Y así es para cada cual su mundo interior. Si no fuera así, únicamente lo exterior nos parecería que existe; pero es un hecho que nuestros pensamientos, los personajes, objetos, anhelos y sueños que llenan nuestra mente, gozan de plena existencia en el momento en que los llamamos. El que no sean tangibles no les quita verosimilitud.

En su excelente artículo Son de lo que no hay, el filósofo español Fernando Savater cita a Paul Valéry, quien, en su Pequeña carta sobre los mitos, dice: “¿Qué sería de nosotros sin el auxilio de lo que no existe? Poca cosa, y nuestros espíritus desocupados languidecerían, si las fábulas, los malentendidos, las abstracciones, las creencias y los monstruos, las hipótesis y los pretendidos problemas de la metafísica no poblasen de imágenes sin objeto nuestras profundidades y nuestras tinieblas naturales”.

La obra trata de la locura y la cordura, del amor y de la indiferencia, del derecho a la eutanasia (tema muy de actualidad y que genera áspera polémica), de la maravilla del lenguaje, de las religiones, de Dios, de los complejos; en fin, de una extensa gama de asuntos que atañen a la vida humana y que no los podemos soslayar.

La mujer loca nos demuestra, una vez más, la óptima calidad de la narrativa de Millás, uno de los grandes escritores de nuestra época, que no en vano ha sido galardonado con premios de reconocida importancia.

 

Fina Crespo

Octubre de 2014

Herejes

HerejesLeonardo Padura, 2009-2013

Esta obra, una más de este excelente escritor cubano, nos introduce en un universo de amistad, amor, lealtad, intriga, suspenso, tragedia e historia, ambientado en las ciudades de La Habana y Ámsterdam, en épocas que van desde el siglo XVII hasta el XXI (concretamente hasta 2009), y que tiene como telón de fondo la historia  de esas ciudades y esas épocas.

Se trata de una novela muy bien estructurada, pues, a pesar de que entre una y otra narración median casi cuatro siglos, no hay desarticulación alguna, sino que el todo es un conjunto armónico, bien concatenado, en el que los personajes se mueven con naturalidad y actúan como corresponde a la época en que viven.

La descripción de los lugares es magnífica: conocemos La Habana antigua y la actual, su gente y su carácter. La ciudad de Ámsterdam aparece ante nuestros ojos, en pleno siglo XVII: sus casas, sus calles, su intensa actividad comercial y la libertad de que hacen gala sus habitantes, incluidos los miles de judíos askenazíes y sefardíes que viven en ella, y su sinagoga. Asimismo, en algún momento se describe la ciudad de Miami como era en 1950, muy distinta de la actual.

Los principales personajes que pueblan las páginas de la obra son: Daniel Kaminsky, Joseph Kaminsky, Elías Ambrosius Montalbo de Ávila, Elías Kaminsky, Judy (la joven que buscaba la libertad) y Mario Conde. Desfilan también otros personajes, bien definidos, algunos de los cuales dan a la obra animación y humanidad; algunos otros reflejan el lado más oscuro de la condición humana.

Un personaje ciento por ciento histórico es importantísimo: Rembrandt, el pintor y grabador neerlandés (Leiden, 1606-Ámsterdam, 1669), cuya vida, aunada durante cuatro años con la de un personaje ficticio, está descrita admirablemente bien, y refleja la grandeza y las debilidades del artista. La descripción que Padura nos da del cuadro Ronda nocturna es, sin lugar a dudas, magistral.

Fijémonos en otro “personaje” importantísimo, intangible, pero que no podemos dejar de mencionar, porque se halla omnipresente a lo largo de toda la narración: el MIEDO, así, con mayúsculas, que se adentra en el cerebro y en la piel de la gente, en especial de los judíos, acosados, perseguidos, martirizados, víctimas de matanzas y crueldades sin límite. Y el odio, que llevado a sus mayores extremos, nos demuestra, como nos dice el autor, que “la furia doctrinaria de los hombres es la peor furia del mundo”.

Entre los elementos importantes de la narración está un  cuadro, bosquejo de la cabeza de Cristo, firmado por Rembrandt y obra de su alumno Elías, que había merecido tan grande honor de parte del Maestro.

Son cuatro los relatos fundamentales:

En primer lugar, la vida de Daniel Kaminsky, llegado a Cuba cuando era un niño de ocho años; su orfandad a raíz de la pérdida de su familia (padres y hermana pequeña, que viajaban en el buque Saint Louis, en 1939, y que después de llegar a Cuba hubo de regresar a Alemania, con novecientos judíos que trataban de huir de la muerte en los campos de concentración de Hitler, y a los que Cuba, Estados Unidos y Canadá negaron el permiso de inmigración, con lo cual los condenaron a una muerte horrible); su adaptación a la nueva patria; el apoyo brindado por su tío Joseph, que actuó con él como un verdadero padre; sus amigos de infancia, adolescencia y primera juventud, que son un ejemplo de lo que es la amistad incondicional y la lealtad; su despertar a las exigencias de una religión que conservaba la Ley sin cambios, desde que era válida para tribus nómadas, pero que ya no tenía validez para la época moderna; su consiguiente rebelión y el anhelo de dejar de ser judío (experimentaba una falta absoluta de fe, de compromiso con una causa: el entonces   recién fundado Estado de Israel, causa revestida de mesianismo, en tanto sentía en su interior una rebeldía contra viejos y limitantes preceptos religiosos rescatados por el flamante Estado);  su expatriación a Estados Unidos y su retorno al redil, pero sin renunciar a sus principios, esto es, su inserción en la sociedad judía, pero sin las creencias.

El segundo relato, muy bien coordinado, nos lleva casi cuatro siglos atrás en el tiempo, a la ciudad de Ámsterdam, al taller de Rembrandt, a la sinagoga, a la vida de los judíos sefardíes y askenazíes de la época, a la condena de Baruch Spinoza, a la aparición de un supuesto Mesías, al ansia de los judíos por encontrar, al fin, la solución de sus graves problemas en la sociedad en que vivían, y… al MIEDO.

La tercera narración es la vida de los adolescentes habaneros, cuya encarnación es Judy, hija de un corrupto exfuncionario del régimen. Conocemos a los jóvenes que se denominan emo, inconformes, desorientados, a la búsqueda de Algo que les dé una razón para vivir. Están hartos de la falta de libertad; y, al buscar una salida, la encuentran en la droga y en la autoagresión. Pero, si esos adolescentes actúan así movidos por el anhelo de una vida de libertad, ¿por qué hay otros que, aunque viven en países supuestamente libres, actúan de la misma manera? ¿No será que se trata de un problema universal, cuyas raíces se las debe buscar más allá de las que se ven a simple vista?

El cuarto relato tiene que ver con una carta dirigida por Elías Ambrosius a Rembrandt, que se fundamenta en una exhaustiva investigación histórica e, incluso, escrita en documentos históricos de primera mano, como es el caso de Javein mesoula (Le fond de l’abime), de N.N. Hannover,  que es, en palabras de Padura, “un impresionante y vívido testimonio de los horrores de la matanza de judíos en Polonia entre 1648 y 1653, escritos con tal capacidad de conmoción que, con los necesarios cortes y retoques, decidí retomarlo en la novela, rodeándolo de personajes de ficción. Desde que leí ese texto supe que no sería capaz de describir mejor la explosión del horror y, mucho menos, de imaginar los niveles de sadismo y perversión a los que se llegaron en la realidad constatada por el cronista y descrita por él, poco después”.

El lector queda devastado y no entiende cómo es posible que la maldad humana llegue a tales extremos; son propios de mentes enfermas de odio y fanatismo. Los cristianos, al creerse superiores y dueños de la verdad, quisieron borrar una religión (la judía) que tenía tanto derecho a existir como la suya propia. Lo extraordinario es que los judíos lo soportaron todo, por el convencimiento de que esas desgracias les sucedían por una maldición divina que estaban en la obligación de aceptar, mientras llegaban el fin del mundo y el verdadero Mesías.

Cada una de estas narraciones está separada en libros, al modo de la Biblia: Libro de Daniel, Libro de Elías, Libro de Judith y Génesis. No podía el autor haber tenido más feliz idea. Los cuatro libros están perfectamente vinculados; no hay cabos sueltos ni palabras desperdiciadas. Todos los hechos narrados tienen un porqué. El lenguaje de Padura es, como no podía ser de otra manera, contundente y adecuado a cada circunstancia, y refleja, en cada oportunidad, muy apropiadamente, ya sea  dramatismo, humor, suspenso y, en fin, toda una gama de expresiones, a cuál más acertada. Ello no impide que haya frases en las que no se respeta la concordancia y que se note cierto descuido en la ortografía.

El autor es un crítico implacable del régimen de Fidel Castro, cuyo nombre no menciona, pero al que alude en cada ocasión en que así lo demanda el relato. También se muestra implacable con Batista y su régimen de abuso y corrupción.

Los herejes son muchos, no solo Daniel y Joseph Kaminsky, Rembrandt, Elías Ambrosius o Judy. También lo son Conde, sus amigos, Tamara y otros más. Los herejes, los que se rebelan, los que se permiten disentir del criterio mayoritario, son quienes hacen avanzar al pensamiento; son los que incitan a la reflexión, al examen de las “verdades inmutables”, lo cual conduce a una liberación del espíritu y su consiguiente encuentro de regiones de paz y libertad; claro, libertad de pensamiento, que es la única posible para todo ser humano en cualquier época y lugar. Desde luego, la palabra hereje no la tomamos aquí solamente con la acepción que en Cuba se le da, que consta en el DRAE y que el autor menciona en la página 14, sino con todos los otros significados que acepta la RAE.

Este libro nos muestra que es un absurdo tratar de uniformar a la sociedad (a cualquier sociedad), bajo regímenes que, so pretexto de igualdad social, imponen normas que de ninguna manera deben aplicarse como si los seres humanos fueran un rebaño al que se debe conducir sin tomar en cuenta su individualidad. Cada persona debe encontrar su camino por sí sola. No es posible ser feliz por decreto.

Y aquí entran, asimismo, los sistemas que, so capa de libertad, embrutecen la mente de las personas con promesas de felicidad basadas en crear necesidades que nunca se satisfacen, porque siempre surgen otras (que para eso está la insidiosa propaganda, efectuada por todos los medios posibles, con un lenguaje seductor y taimado).

Padura, por medio de uno de sus personajes, nos dice que “ser un hombre libre es más que vivir en un lugar en donde se proclama la libertad”. Por tanto, no basta con hablar de libertad, palabra que se halla en boca de todos los gobernantes de cualquier tendencia: hay que asumirla en lo personal,  con todos los riesgos y la discriminación que conlleva para quien en verdad es libre.

Cabe recomendar la lectura de este magnífico libro a todos los herejes convictos y confesos, a los herejes camuflados y a los aspirantes a herejes. Y también a los que miran mal a los herejes.

Fina Crespo

Mayo de 2014

LA MUJER ROTA

La mujer rotaSimone de Beauvoir, 1968

En esta obra, la autora, insigne escritora francesa, nos muestra la historia de tres mujeres de edades comprendidas entre los cuarenta y tres, y sesenta años, casadas en su juventud y que tienen una buena situación económica.

La vida (más bien, un tramo de la vida) de cada una de ellas se narra en una secuencia de tres relatos: La edad de la discreción, Monólogo y La mujer rota.

La edad de la discreción

La primera es una mujer de alrededor de sesenta años, cuyo marido, un científico que tiene unos pocos años más que ella, es el centro de su vida. Es una intelectual de izquierda, que ha educado a su hijo, Philippe, con sus mismas ideas, y que espera de él un comportamiento adulto acorde con su formación. Sus firmes convicciones no admiten el más ligero desvío de la línea de conducta por ella trazada. Está convencida de que André, su marido, es todavía el brillante científico de otra épocas, aunque no es así, toda vez que son los jóvenes que trabajan en su laboratorio los que generan todas las ideas y proyectos nuevos, según lo confiesa el propio André.

La narración está en primera persona. Por tanto, la protagonista es quien habla de su entorno, de su matrimonio, de su hijo, de sus vivencias.

Es una mujer jubilada: el retiro se había producido un año atrás. Siente que jubilarse es como si la persona fuera tirada a la papelera, idea que la deja helada. Se consuela pensando en que ahora dispone del tiempo que no tenía cuando trabajaba, y que puede hacer sus cosas sin apremio, sin tomar en cuenta el transcurso de las horas. Pero ese consuelo es magro: se fija en los ancianos, que solo tienen pocos años más que ella, y  ve cómo será después de poco tiempo. Rememora su vida: siempre la misma rutina en su matrimonio: risas, lágrimas, abrazos, cóleras, confesiones, silencios, impulsos. Y en esa vida, día tras día, había llegado la jubilación (que en otro tiempo le pareció tan lejana como la muerte), de pronto, sin aviso. Siente que el mundo se ha descolorido y que la perpetua juventud de este le corta  el aliento. Observa a los jóvenes, que estarán en el mundo cuando ella ya se haya ido. Y casi todas las personas le parecen jóvenes. Recuerda que, niña o adolescente, los libros la salvaron de la desesperación, y con ello se persuadió de que la cultura es el más alto de los valores, y no logra considerar esa convicción con mirada crítica.

Su vida ya no era la misma: su hijo había dejado de pertenecerle; ese hijo, educado tan esmeradamente para seguir los pasos de sus padres, se había “desviado del camino”, al contraer matrimonio con una joven de ideas diferentes, muy esnob y elegante; además, había abandonado sus estudios, su tesis, para aceptar un trabajo ofrecido por su suegro. No le perdona el haber adoptado un modo de vida distinto del que, según la educación recibida, debía seguir. Sus firmes convicciones la vuelven intransigente; no se resigna a perder a su hijo de ese modo. Más tarde, cuando Philippe le ruega que lo reciba nuevamente y le suplica que deponga su actitud de enojo, se manifiesta inexorable, inconmovible. No puede admitir la idea de que su hijo haya cambiado de manera de pensar, y se siente traicionada.

André, hombre tolerante, no mira la actitud de Philippe con los mismos ojos que su mujer: califica de aberrantes sus ideas;  y, en cambio, comprende la situación, pasa por alto el problema (aunque le duele la actitud del hijo), y se ve y se comunica con Philippe, a espaldas de su mujer, quien, al darse cuenta de la situación luego de una dura conversación con André, se siente devastada, pues, según su opinión, no solo ha perdido a su hijo, sino también a su marido.

Se cuestiona su maternidad: “Necesito volver a convencerme de que perdí a Philippe. Debí haberlo sabido. Me dejó desde el instante en que me anunció su casamiento; desde su nacimiento, una nodriza hubiera podido remplazarme. ¿Qué imaginé? Porque él era exigente, yo me creí indispensable. Porque él se dejaba influir fácilmente, creí haberlo creado a mi imagen (…) y él elegía apartarse de mí, romper nuestras complicidades, rechazar la vida que al precio de tantos esfuerzos le había edificado. Se volverá un extraño.” Es la actitud de la madre que no se resigna al hecho de que ya no es lo más importante en la vida de su hijo. Su inflexible posición, pese a las súplicas de Philippe, lleva a este a contestarle que su conducta (la del hijo) le indigna (a la madre), “… porque contradice tus proyectos. Sin  embargo, no iba a obedecerte toda mi vida. Eres demasiado tiránica. En el fondo, no tienes corazón,  solamente voluntad de poder.”

Por otra parte, André estaba en crisis: había llegado la vejez. En su trabajo, sabe que ya no produce nada nuevo. En casa, la sola idea de una discusión le fatiga. Ya no le gusta salir, pasear, ir al teatro, a exposiciones, a conciertos. Todo lo agobia. Opina que ver cambiar el mundo es, al mismo tiempo, milagroso y desolador, y que, al envejecer, lo desolador no está en las cosas, sino en la propia persona; que al perder la juventud se ha perdido todo. Y se remite a lo dicho por el filósofo Bachelard: “Los grandes sabios son útiles a la ciencia en la primera mitad de su vida; dañinos en la segunda.”

La protagonista es escritora. Había obtenido un muy halagador éxito en sus obras anteriores. Pero la última, la que escribió ya jubilada, fue un rotundo fracaso, hecho que la sumió en la más amarga decepción. Su libro había recibido duras críticas. Se sentía aniquilada y se preguntaba cómo se logra vivir todavía cuando no se espera más de sí.

Su marido viaja a visitar a su madre, Manette, y algún tiempo después se le une su mujer; en el encuentro, se da cuenta de que André no la había echado en falta para nada; parecía rejuvenecido y estaba de muy buen talante.

Manette es una mujer vital, pese a su edad. Lee mucho, escucha la radio, cuida el jardín. Cuando su hijo le propone comprarle un televisor, se niega a que lo haga y le responde: “No dejo entrar a cualquiera en mi casa.” En opinión de André, está en el mejor período de su vida. Esta mujer es un ejemplo de cómo debe vivirse la vejez. Es muy distinta de su nuera, la cual piensa que, cuando llegue a los ochenta años, no va a parecerse a su suegra, pues no llamará libertad a su soledad, ni aprovechará tranquilamente cada instante; piensa que la vida le va a quitar poco a poco todo lo que le había dado, y que esa tarea ya estaba en curso. Recuerda a todos sus muertos: padres, cuñado, suegro, amigos. Piensa que la persona debe sentirse muy extraña cuando es el último testigo de un mundo abolido. Analiza su situación con André: ¿Era preciso que la pareja continuara unida sin otra razón que la de haber comenzado, y que les esperaran quince o veinte años más, cada cual en su mundo, con sus problemas y sus fracasos personales?

Al final, vuelven a encontrarse marido y mujer. Aceptan que sí, que la vejez existe, pero que pueden encarar el porvenir “sin mirar demasiado lejos”.  La mujer se pregunta si podrá volver a escribir, si superará el rencor contra Philippe, si el avance de la vejez la angustiará. Pero no quiere mirar más allá, a las enfermedades, la invalidez, el estancamiento mental, la soledad y el cambio del mundo, que continuará su marcha insensiblemente. Ve que André y ella no tienen opción, no pueden elegir. No les queda más que continuar la vida sin mirar hacia adelante.

Monólogo

Es un relato muy corto sobre una mujer de cuarenta y tres años, neurótica por excelencia, dos veces divorciada, que cuenta, además, con un romance después de su último divorcio. Tuvo una hija en su primer matrimonio y un varón en el segundo. Su hija, de apenas diecinueve años, se suicida con una sobredosis de droga. Su segundo marido consigue la custodia del niño, por lo cual queda completamente sola y siente que todo el mundo la maltrata. Se enfurece con la fiesta que se desarrolla en el piso superior, pues no soporta la bulla; pero cuando esta se termina, se desespera por el silencio en que queda la casa. Tiene obsesión por la limpieza y la exaspera la suciedad de los demás.

En su soledad, espera con ansia que su marido regrese. Se angustia pensando en que la muerte la sorprenderá sola, sin que nadie lo sepa, y que se pudrirá sola. Es narcisista: aunque el dolor de enterrar a su hija es terrible, la tacha de ingrata, y hasta en ese momento tan doloroso se siente la protagonista de la tragedia. Se cree perfecta: todos deben escuchar sus peroratas y darle la razón en todo cuanto dice. Odia al mundo y a la humanidad. Es egocéntrica: piensa que el mundo gira a su alrededor, y que el suicidio es la única vía de escape de una vida consumida por la neurosis. Desea fervientemente que haya un dios, un cielo y un infierno, para pasear en el cielo con sus hijos y ver cómo se consumen en las llamas y sufren los seres que odia.

Esta mujer sufre de obsesiones terribles, al punto de que en su mente ha llegado a considerar a todos como sus enemigos; a creer que Dios y el mundo le deben mucho, y que es merecedora de la reverencia general. Su sufrimiento es auténtico, dado el estado de histeria al que ha llegado. Una vida así está desperdiciada y será muy difícil su rehabilitación; la única solución es, quizá, la muerte.

La mujer rota

El relato se presenta en forma del diario que lleva una mujer de cuarenta y cuatro años, que hasta entonces había vivido tranquila, segura en su matrimonio con Maurice, médico e investigador; su vida transcurre en una rutina exenta de sorpresas desagradables.

La ausencia de su marido, que se halla en Roma, en donde participa en un congreso médico, la inquieta y empieza a pensar en un “antes”, cuando Maurice aún no había experimentado ese cambio que fue notando poco a poco, día a día: desde un tiempo atrás se mostraba lejano, indiferente a las actividades de su mujer; ya no paseaba por París y sus alrededores en su compañía, ni conversaba con ella. Ya no escuchaban música juntos.

El cambio de Maurice empieza a convertirse en una idea fija en Monique. No tardará en volverse una obsesión. Los silencios entre la pareja, que ocurren muy a menudo, la atemorizan: después de veintidós años de matrimonio, conoce muy bien que el silencio es peligroso. Supone que, porque ella no le prestaba la atención debida (por ocuparse demasiado de sus dos hijas), su marido se ha sumergido en el trabajo. No sospecha todavía cuál es la realidad. Siente su indiferencia. Después de años de haber sido inseparables, la atormenta el alejamiento de él.

Poco a poco, la verdad se abre paso en su cerebro. Con el terrible presentimiento en su corazón, Monique pregunta a Maurice si hay otra mujer en su vida, y él, sin poder ocultarlo, le responde afirmativamente y le da su nombre: Nöellie Guérard, abogada joven, bonita y, según Monique, embaucadora. Maurice confirma haberle mentido, porque temía que ella muriese de pena, toda vez que, quince años atrás, Monique le había dicho: “Si tú me engañaras, no tendría necesidad de matarme. Moriría de pena.”

Y comienza la obsesión, acompañada del dolor, la angustia, los celos. Le pesa la alegría de los demás. No acepta que Maurice le haya mentido: “¡A mí, no! No soy una madre a la que se miente. Orgullo imbécil. Todas las mujeres se creen diferentes; todas piensan que ciertas cosas no pueden sucederles, y todas ellas se equivocan.” Comprende que, cuando Maurice le confesó que había otra mujer en su vida, armó el tinglado a propósito, pues hizo mucho ruido al entrar y llevaba un vaso de whisky en la mano, es decir, la tramoya estaba hecha para confesar su infidelidad.

Monique imagina la intimidad de Nöellie con Maurice. Desde que confesó que había otra mujer en su vida, su marido se siente en libertad de pasar noches enteras con su amante, al tiempo que se despreocupa de su mujer, a la que ni siquiera ha vuelto a darle un beso en la boca.

Monique piensa en sus hijas: en Lucienne, emigrada a Estados Unidos, y en Colette, casada con alguien que, según su criterio, no es el marido que conviene a su hija. Reflexiona: “Un hombre al que no se ama es difícil que baste para colmar una vida.” Y no se da cuenta de que el hombre amado tampoco basta.

En sus largos soliloquios transcritos al diario, Monique se convence de que debía poner un “pare” desde el principio; pero que, en su afán de recuperar a su marido, aceptó desempeñar un papel humillante, situación de la que no puede salir. Acude a sus amigas, indaga, pregunta. Quiere saber. ¡Ah, qué terrible es saber! Al fin, se entera de todo: Maurice ha tenido varias aventuras amorosas, sin mayor importancia, desde hace unos tantos años; el romance con Nöellie no es una de esas aventurillas: es algo muy serio, que dura ya dieciocho meses. Todos lo sabían, menos ella. Empieza a espiar a Maurice, con lo que no obtiene otra cosa que atormentarse más todavía. Siente que es nadie sin él, porque nunca se había visto a sí misma sino a través de los ojos de él. Este problema afecta a muchas mujeres. No tienen verdadera autoestima, sino que emocionalmente y en forma total, dependen del marido.

Comienza a recordar detalles a los que en su momento no les dio importancia, pero que ahora, a la luz de todo lo que sabe, no eran otra cosa que indicios de que su matrimonio se deterioraba. ¡Tan segura estaba del amor de su marido! Pero en la vida nunca hay seguridad. Nada se nos garantiza: ni el amor, ni el dinero, ni la vida misma. Su amiga Isabelle la anima en su empeño de recuperar a Maurice, pero también le advierte que no es posible para un hombre guardar una fidelidad de veinte años.

Para saber si todavía es atractiva para los hombres, llama a Quillan, un admirador, y sale con él una noche; no llega a nada, porque su estado de ánimo y su obsesión no se lo permiten. Empieza a tener pesadillas. Llora, sucumbe al dolor. Lo llama; pero no a Maurice, sino al otro, al anterior, al que la amaba.

Después de conversar con Marie Lambert, una desconocida que pretende ayudarla, Monique se da cuenta de que, si se hubiera preparado, si hubiera tenido actividades propias, realmente una vida privada, habría estado mejor armada para resistir una ruptura.

Sigue aferrada a la idea de que Maurice todavía la quiere; sin embargo, poco a poco la verdad se impone. Entiende que esa presencia familiar como su propia imagen, su razón de ser (¡qué absurdo!), su alegría, es ahora un extranjero, un juez, un enemigo. Le reprocha el no haberla estimulado para trabajar; pero la verdad es que Maurice, en varias oportunidades, le insistió para que trabajara, a lo que Monique siempre se negó. Los pretextos no faltaron: el cuidado de sus hijas; el amor de él, que llenaba su vida… ¿No sería, quizá, comodidad, el saber que hay quién se responsabiliza por la parte económica, y que no es agradable salir a luchar por la vida?

Ya no sabe quién es. Pierde su propia imagen. Su salud se deteriora. Sus amigas se cansan de escuchar el mismo discurso todo el tiempo. Por sugerencia de Maurice, acude a un psicólogo; tampoco este la cura, porque ella misma no quiere curarse. Se descuida de su persona: no lee, no se asea, no escucha música, no come. Intenta trabajar, pero se rinde al poco tiempo y renuncia.

Al fin, acepta ir a visitar a Lucienne, en Nueva York. Su hija la recibe muy bien. Llega el momento de hablar del tema principal, y Lucienne demuestra poseer un criterio bien formado y tener los pies bien puestos sobre el suelo. Monique no cree en nada de lo que le dice su hija. Piensa que hay maldad en la joven, cuando lo que hay es un buen conocimiento de la realidad.

Regresa a París; pide que Maurice no vaya a recibirla. La verdad es que se ha ido ya de la casa. Monique llega, pues, a lo que fue su hogar: una casa vacía, en donde las puertas cerradas (su dormitorio y el despacho de Maurice) prefiguran el porvenir. Sabe que está sola y que nadie acudirá en su ayuda. No obstante, por mucho que sea su miedo, sabe también que tendrá que abrir esas puertas y enfrentarse a su vida futura… o aniquilarse definitivamente.

***

El caso de la primera mujer es el típico de una persona de convicciones muy fuertes, muy sólidas, que, al ver avanzar los años y acercarse la vejez, se encuentra vulnerable, desvalida, abatida y anonadada. Es un hecho que las convicciones demasiado fuertes acarrean mucho dolor. La protagonista del primer episodio es una reconocida escritora e intelectual; pero ni esas características la salvan, porque no acepta la realidad: no podemos ser perpetuamente jóvenes. La jubilación le llegó cuando menos lo pensaba, pese a que debía haber sabido muy bien en qué año se terminaría su ciclo  laboral. Se había amparado en su trabajo, y creía que al llegar el retiro (tan temido por mucha gente), iba a bastarle el amor de su marido; además, estaba segura de continuar como la excelente escritora que había sido, merecedora de los comentarios más elogiosos por sus obras. No se daba cuenta de que tras ella desfilaban oleadas de escritoras tan buenas o mejores todavía, que ahora ocupaban su lugar de antaño. No percibió el paso del tiempo y no pensó en lo que había que hacer para retirarse con dignidad. Era muy sencillo: colmar de hermosas flores el sendero que media entre la jubilación y la tumba. Es tarea no difícil para quien tiene una rica vida interior y ha cultivado desde la juventud el arte de la introspección y la reflexión.

La situación de las otras dos mujeres no es solo asunto de novela: es de la vida real. Y no se crea que, porque la obra fue escrita hace casi cincuenta años, esos hechos han dejado de producirse. En la época actual, cuando ya ha transcurrido más de una década del siglo XXI, suceden cosas parecidas. ¿Por qué? Por la educación que secularmente han recibido las mujeres. Desde muy niñas se las ha preparado para esperar al Príncipe Azul. Esta etapa de la vida de las jóvenes debe ser superada.

Hay un axioma poco conocido: “A mayor cultura de la mujer, mayor edad para el matrimonio, o ningún matrimonio.” Lamentablemente, estas sencillas palabras no calan en muchas jóvenes. Sí, algo se ha conseguido, porque ya las mujeres no se casan a muy tierna edad. Ya no se trata con burla ni compasión a la “solterona”. No obstante, podemos apreciar, hasta el día de hoy, que en películas, novelitas, telenovelas, revistas, artículos diversos y publicaciones de todo tipo, se estimula a las mujeres, abierta o subliminalmente, a casarse, con lo que se propala una fórmula única para la felicidad: conseguir un hombre y casarse con él, porque es el mayor premio de la vida. Se les vende la idea de que sin un compañero la vida no tiene sentido, y que la única realización de la mujer está en el matrimonio y la maternidad.

La principal lección que se saca de la lectura de este magnífico libro es que la mujer, sea casada, soltera, viuda o divorciada, debe tener su vida propia, de modo que no se convierta en el apéndice de un hombre, sin su yo, sin su personalidad, sin su identidad. Una pareja no puede ser una sola carne (por más que lo diga el evangelio), porque ello significa la anulación de una de las dos personas (más frecuentemente la mujer, aunque también se dan casos en que el hombre es el aniquilado). Si ha de efectuarse la unión de un hombre y una mujer, ha de ser sobre la base de un respeto mutuo, sin el apocamiento ni la postración espiritual y física de uno de los dos integrantes de la pareja. Si este requisito no se cumple, es mejor deshacer la unión.

Para ello, para no convertirse en el apéndice de nadie, la mujer tiene que empezar por estudiar, trabajar, adquirir una cultura sólida, cultivar la lectura y el hábito de pensar y reflexionar. Y, sobre todo, aprender a amarse a sí misma, de modo que, ya sea emocional o psicológicamente, no necesite de nadie para vivir. Tiene que comprender que solo ella misma es la razón de su vida, de tal suerte que, cuando el compañero desaparezca (vivo o muerto) y cuando los hijos se vayan, continúe siendo una persona entera y no viva a través de hijos o nietos, que tienen sus propias vidas, de las que ella ya no forma parte, pues, como dijo Gibran Jalil Gibran,  preparó a sus hijos para que habitasen la casa del mañana, en la cual ella ni siquiera en sueños podrá entrar.

Debe comprender que nadie la ayudó a nacer, nadie la ayuda a vivir (aunque ilusamente piense que es así) y nadie la ayudará a morir. La vida de cada mujer es única y no la puede ni debe desperdiciar; no puede ni debe convertirse en la sombra de otro, ni en su prolongación o suplemento.

Solamente así podrá vivir una vida plena y arribar a una vejez (que siempre nos alcanza, nos guste o no nos guste) digna, de modo que llegue a ser, como dijo el sabio, “una obra de arte”.

Y nunca es tarde para empezar.

 

Fina Crespo

Enero de 2014

LA SERPIENTE SIN OJOS

LaSerpienteSinOjosWilliam Ospina, 2012

La serpiente sin ojos es el tercer libro de una serie compuesta por William Ospina, escritor colombiano. El primer libro se titula Ursúa, nombre del conquistador español que, apenas cumplidos los diecisiete años, tomó parte en la conquista de América, y que murió a los treinta y cinco años de edad. Durante este período de dieciocho años, pasó como un huracán por estas tierras; realizó hazañas formidables, pero fue cruel y sanguinario con los indios, a los que mató en gran cantidad.

El segundo libro, El País de la Canela, relata la expedición de Gonzalo Pizarro y su desastroso fin, que devino en el viaje de Orellana y el descubrimiento del Amazonas.

En el tercero de la serie (del que trata este artículo), el autor nos lleva por el Amazonas, la inmensa serpiente sin ojos, en un viaje alucinante, lleno de episodios de aventura, crueldad y bravura, hechos estos, por lo demás, comunes a la historia de la feroz conquista de América. Los españoles no pensaban sino en el oro. Las guerras contra los aborígenes, y su expoliación, hicieron inmensamente ricos a hombres miserables, que venían del hambre y la pobreza extrema.

La acción se inicia en Panamá, con un muy breve relato de las arbitrariedades, hazañas y crueldades de Pedrarias (Pedro Arias de Ávila), que llegó a decapitar a Balboa, su propio yerno, y “ganó con mucho mérito fama de cruel e infame”.

Blas de Atienza, joven de veintitrés años, llegó en las carabelas de Ojeda, que zarparon de Cádiz; traían un buen número de aventureros atraídos por el deseo de hacer fortuna y adquirir fama. Participó en la conquista del Perú y se instaló en Lima; allí, de su unión con una india de la estirpe de Atahualpa, nació una niña, su hija mestiza, a quien llamó Inés. Esta joven, huérfana de madre a muy tierna edad, y de padre en plena adolescencia, heredó una buena fortuna. Se casó con Pedro de Arcos, y llevaba una vida de mujer digna y honorable. Pero esta vida no duró mucho: su marido murió a consecuencia de un duelo en el que enfrentó nada menos que a Francisco de Mendoza, sobrino del virrey Andrés  Hurtado de Mendoza.

Entre tanto, Pedro de Ursúa (o Urzúa), luego de guerrear en el territorio que hoy es Colombia, pudo al fin cumplir su sueño de armar una expedición para recorrer el curso del río Amazonas y conquistar Eldorado y las fabulosas ciudades que, conforme a las leyendas que circulaban en esa época, estaban llenas de oro y de inconmensurables riquezas.

Ursúa estaba realmente obsesionado con su viaje de conquista. Superó innumerables problemas y afrontó las mil y una situaciones agobiantes que el armar semejante expedición ocasionaba. Al fin, consiguió ultimar todos los preparativos. En su mente afiebrada solo existía el ansia de cumplir su sueño, lo que anulaba todo otro pensamiento. Sin embargo, cuando los preparativos aún estaban en sus primeras fases, conoció a Inés de Atienza, de la cual se enamoró perdidamente. Esta circunstancia ocasionó una gran demora en la salida de la expedición, con la consecuente desorganización, y consumo anticipado de dinero y vituallas.

Inés acompañó a Ursúa en su viaje por el Amazonas. Para entonces, el conquistador no era ya el mismo de otros tiempos: había relajado su temple y no se conducía como un verdadero líder. Lope de Aguirre, facineroso que se había unido a la tropa de Ursúa, capitaneó la conjura que desembocó, en Machifaro,  en el asesinato del conquistador, seguido, después de pocos días, del de Inés de Atienza.

Así terminó lo que Pedro de Ursúa soñó que sería la gran gesta de su vida. Pagó muy caro por los errores cometidos y la soberbia con que actuaba, amén del maltrato con que vapuleó y humilló a quienes lo acompañaron en el viaje. Sembró el descontento entre ellos, lo que originó un sinfín de conflictos.

Este libro, al igual que los que le precedieron, es de muy fácil lectura y fascina desde el primer párrafo. El lenguaje, del que volveré a ocuparme en páginas posteriores, es muchas veces poético y describe admirablemente lugares, personas y hechos.

Ya en el inicio del libro, Ospina nos muestra el deslumbramiento de los españoles frente al recién descubierto océano Pacífico, y nos da a conocer las bellas leyendas que se contaban sobre su origen. En cada oportunidad, se retrata estupendamente la hermosura de la naturaleza, la riqueza del suelo y la variedad de animales que para los europeos eran desconocidos.

La descripción de Ursúa, el líder a quien siguen todos los hombres; su sueño de conquista; su habilidad para convencer a inversionistas y aventureros, y para persuadir al relator para que vuelva a efectuar un viaje que había tratado de olvidar; todo ello queda plasmado en páginas inolvidables.

El mismo personaje de Ursúa cautiva la imaginación: la epopeya que fue su vida se reseña en pocas palabras, con una magnífica gradación: “…héroe a los diecisiete años, fundador de ciudades a los veinte, guerrero triunfal a los veintidós, un jinete incansable…” Pero este hombre deja de ser un soñador y se convierte en un individuo brutal y desalmado. Y el relator se pregunta: “¿En qué momento una aventura empieza a convertirse en un crimen? ¿En qué momento el héroe se convierte en bandido? ¿De qué manera una cruzada llena de ideales se despeña en una carnicería?” La respuesta a estas preguntas está en la deshumanización del hombre por la guerra.

La investigación hecha por Ospina es minuciosa y exhaustiva, tanto de hechos históricos, como de lugares y personajes (conquistadores y aborígenes), lugares de batallas y  muchos otros datos de importancia. Todo esto redunda en una obra muy bien documentada.

Un tema recurrente en las obras de este autor es la masacre que hicieron los españoles, cuando fueron “capaces de asesinar, en una tarde en Cajamarca, aquella corte exquisita de príncipes y jerarcas de un imperio que todas las referencias le mostraban como un reino de civilidad y de trabajo”. ¡Y pensar que los europeos llamaron “salvajes” a los indios!

La violencia de la conquista se percibe a cada momento: “El viento que publicaba las órdenes del inca llevaba ahora un vuelo de campanas; los abismos ya eran obedientes al látigo; los pies indóciles eran del cepo, y los corazones humanos eran de la ley o del fuego. Había que hacer sentir el yugo del Dios verdadero desde las nieves del Cotopaxi hasta las últimas espumas del Arauco”.

En este libro no solo encontramos historia, sino también profundas reflexiones filosóficas que, en boca del relator, muestran su desencanto por el desastre en que terminó todo, y nos hablan de lo efímero de la gloria y el poder.

El autor contrapone la ninguna codicia de los indios, a la del “rey Felipe y su corte insaciable”. Nos habla de un mundo de riscos y ventisqueros que “los incas miraban con veneración, y los españoles, con una mezcla de avidez y espanto”. Nos hace notar que los verdaderos protagonistas de la historia son los seres humanos anónimos, “que no dejan ni frases brillantes ni actos deslumbrantes”, a quienes nadie toma en cuenta; y esto es muy cierto, pues los millones de hombres que a lo largo de la historia han muerto en los campos de batalla, son los que han dado la victoria a quienes dirigen la contienda desde la seguridad y la comodidad de sus palacios y escritorios, donde no llega la muerte en forma de armas de combate.

Nos demuestra que toda empresa de conquista es una realidad de oro y prosperidad para gobernantes, banqueros y altos jefes militares, capitanes y grandes burócratas, pero solo un espejismo para los humildes soldados. Y no se diga para los pueblos. Nos lleva a ver y a pensar en una realidad incontrovertible: “Por apacible que  sea el jardín, tarde o temprano entra la serpiente”. Y también nos habla de la omnipresencia de la muerte: “…es verdad que la noche cae antes de que hayamos descifrado las líneas de nuestra mano”.

Al hablar del gran Amazonas (el primer río del mundo por su caudal y por la extensión de su cuenca), nos dice que el río no siente el peso de los tiranos, “ni puede preguntarse hasta cuándo navegarán por él los que juegan a ser dueños del mundo. Porque solo ellos pueden creer que son  dueños del mundo: el manatí bosteza, la danta ríe, la boa se contrae indiferente”.

El lenguaje de la obra merece mención aparte, puesto que se caracteriza por su elegancia y hermosura, y está lleno de tropos y figuras literarias de gran calidad. Hay una notable belleza y armonía; excelentes símiles; magníficas descripciones de la selva y de las criaturas que la pueblan, y de la exuberante vida que alberga, donde “solo se salva lo que acepta pasar como pasan el viento y el río”.

Entre tantos giros del lenguaje, citaré algunos ejemplos: ironía en “…descendiente de santos prelados”; imposible en “…consolarse de las penurias del presente recordando los triunfos del futuro”; el mismo nombre del libro es una hermosa metáfora; la muerte de Ursúa se describe con una gradación: “Los aceros habían atravesado el cuerpo en todas direcciones: con odio, con envidia, con resentimiento, con desesperación, con celos, con codicia, con indignación, con orgullo herido, con ambición, con maldad”. Hay expresiones felices, de una gran belleza; obsérvese esta frase: “…donde talladores escondidos antes del tiempo martillaron un bosque de demonios de piedra”.

Los poemas que salpican el relato son exquisitos; entre ellos se destacan, por su extraordinaria belleza, La montaña, Alcatraces, Adiós, La memoria y El eco.

El propio autor nos dice que La serpiente sin ojos es, ante todo, una historia de amor. Con todo el respeto que merece el señor Ospina, debo expresar mi desacuerdo. Los amores de Ursúa e Inés de Atienza son una parte (y no la mayor) de la obra, que en realidad es una soberbia, exquisita y refinada novela histórica. La narración no se circunscribe a lo que no es sino un episodio más (importante, por cierto) del cúmulo de hechos que se relatan.

La Serpiente sin ojos es un libro fascinante, que nos lleva a una época de violencia y horror, pero también de grandeza y heroísmo. Considero que su lectura, al igual que la de los dos anteriores que integran la serie, es obligatoria para quienes quieran degustar una obra magníficamente escrita, documentada hasta el detalle, y que aúna historia y literatura en un relato que no decae en ningún momento y que pervivirá por siempre en la memoria.

 

Fina Crespo

Diciembre de 2013

 

EL HÉROE DISCRETO

ElHeroeDiscretoMario Vargas Llosa, 2013

Una vez más, Vargas Llosa nos trae una novela, El héroe discreto, ambientada en dos ciudades (al mejor estilo de Dickens): Lima y Piura. La obra contiene dos historias paralelas y un enigma. Poco a poco, a medida que avanza el relato, las líneas paralelas dejan de serlo para cambiar a convergentes, y el enigma se despeja.

Felícito Yanaqué, dueño de la Empresa de Transportes Narihualá, con sede en Piura, es un hombre de origen muy humilde, abandonado por su madre a muy tierna edad, y criado y educado por su padre, jornalero analfabeto, que trabajó sin descanso para darle la educación que él no recibió, y  dueño de un gran sentido de su propia dignidad. Por ello, le dejó como herencia la educación y un consejo lleno de sabiduría: “Nunca te dejes pisotear por nadie, hijo. Este consejo es la única herencia que vas a tener”. Estas palabras se le grabaron en forma indeleble en su mente, y las tuvo en cuenta en todos los actos de su vida. Cuando las recibió de labios de su padre, las guardó para siempre en su memoria.

Esta corta mención del padre de Felícito basta para que su figura se alce como un gigante.

Felícito llegó, a fuerza de trabajo duro y tesón, a ser propietario de una importante empresa dedicada al transporte, la cual le produjo ingentes ganancias; a pesar de haber llegado a tener dinero, seguía siendo el hombre modesto de siempre.

Por un error de juventud, se había casado con Gertrudis, mujer a la cual no amaba; su matrimonio, como tantos otros, transcurría sin pena ni gloria, por lo cual decidió tomar una amante, Mabel, a la cual puso “casa chica” y se hizo cargo de todos sus gastos. La amaba profundamente; el día en que la hizo suya, lloró por segunda vez en su vida (la primera fue cuando murió su padre), pues, también por vez primera, supo lo que era amar y encontrar placer a la vez; sin embargo, no pensaba abandonar a su mujer, pues era la madre de sus hijos, Miguel y Tiburcio.

Con respecto a ellos, siempre tuvo una espinita clavada en su corazón: sospechaba que Miguel no era hijo suyo, pues era blanco, de pelo y ojos claros, en tanto que él y su mujer, así como el segundo hijo, eran morenos y de ojos oscuros. Sentía que la que llegó a ser su suegra le había tendido una trampa, al adjudicarle el embarazo de Gertrudis.

Trabajaba con ahínco y jamás tomaba vacaciones. Era respetado incluso por los dueños de empresas competidoras.

Cuando las cosas marchaban de lo mejor, llegó el problema: recibió una carta que por toda firma llevaba el dibujo de una arañita; en la carta le pedían, para “proteger” su empresa, quinientos dólares mensuales. Leída la carta, Felícito recordó el consejo de su padre y decidió que de ningún modo accedería a la extorsión.

Entre tanto, en la otra ciudad, Lima, don Ismael Carrera, hombre de algo más de ochenta años, viudo y con dos hijos que eran unas verdaderas sanguijuelas (y violadores, por añadidura), dueño de una boyante aseguradora, pide a don Rigoberto (el de los Cuadernos), casado con doña Lucrecia (la del Elogio), que lo acompañe a almorzar. Don Rigoberto, gerente de la aseguradora, que había resuelto jubilarse en breve, piensa que su jefe va a solicitarle que desista de su propósito. Pero, no. En realidad, quiere darle una noticia y pedirle un favor: ha decidido casarse con Armida, su empleada doméstica; el favor que le pide es que actúe  como testigo de la boda, junto con Narciso, su chofer.

Pese a las graves consecuencias que de ello habrían de derivarse, don Rigoberto acepta. La boda se efectúa, y los novios parten a Europa en viaje de luna de miel.

Como era de esperar, los hijos de Ismael reaccionan malamente contra don Rigoberto, y emprenden acciones para anular el matrimonio de su padre.

Estas son las historias que transcurren paralelamente en las dos ciudades, Lima y Piura.

El enigma: Fonchito, el hijo de don Rigoberto (habido en su primer matrimonio, con Eloísa) y entenado de doña Lucrecia, tiene varios encuentros con un individuo llamado Edilberto Torres, a quien ve en distintos lugares, bien en el colegio, bien en el autobús, por citar solamente dos. Su padre y su madrastra se preocupan por esta situación, y acuden a un sacerdote y a una psicóloga para solucionar el problema.

A lo largo de la narración nos encontramos con no menos de treinta personajes, entre los cuales están don Rigoberto y doña Lucrecia, ya mencionados, protagonistas de otras obras de Vargas Llosa; y el sargento Lituma, de la inolvidable novela La Casa Verde. El reencuentro con todos ellos nos llena de nostalgia, pues nos remonta en la memoria a los tiempos en que leímos tales obras. Y especialmente esta última, que se publicó hace casi cincuenta años.

Como narrador, Vargas Llosa es espléndido. La descripción de los lugares en que transcurre El héroe discreto es excelente: calles, barrios, negocios, están a la disposición del lector, que los visita, los conoce y luego los recuerda. ¡Y los personajes! Desde Felícito a Ismael, don Rigoberto y doña Lucrecia, hasta Narciso, Mabel y Adelaida, sin dejar de lado a los otros, tienen una gran fuerza y se los ve tan reales como las personas que pueblan el mundo cotidiano. El burdo y rudo lenguaje que escuchamos con cierta frecuencia se justifica plenamente, pues no de otra forma se expresan quienes pertenecen a determinados estratos.

Felícito, “el héroe discreto”, es un personaje formidable; se mantiene firme frente a los requerimientos  de los delincuentes; acepta la vida tal y como se le ha presentado, y renuncia, cuando llega el caso,  a lo que más le había llenado de felicidad.

Don Ismael, el hombre de éxito, formado por un padre exigente y de gran visión, no recibe de sus hijos lo que podría haber esperado, y por eso fragua una venganza contra ellos.

Narciso, el fiel empleado de Ismael, es un ejemplo de discreción y lealtad.

Mabel, la joven que se entrega a un hombre viejo por dinero, representa a cuantas mujeres no tienen otra vía de escape a la pobreza y la marginación.

Armida, la empleada doméstica de Ismael, convertida luego en su mujer, es prudente y recelosa, y asume con mucha dignidad su nuevo papel de cónyuge de un hombre rico, sin perder la cabeza porque la fortuna le ha sonreído.

Los hijos de Ismael no pueden ser peores; lo único que les interesa es el dinero de su padre, y su más grande anhelo es verlo muerto. Pero en la vida real se encuentran individuos más abyectos todavía.

Un personaje que casi, casi, pasa desapercibido es Gertrudis, la mujer de Felícito; no obstante, cuando habla con su marido acerca de sus propias culpas y de los devaneos amorosos de este, vemos una mujer que, tras su aparente sumisión e insignificancia, muestra entereza y valentía para afrontar las circunstancias de su vida; además, comprende y justifica los hechos negativos que le han ocurrido.

Lituma, el capitán Silva, el ciego Lucindo y tantos otros, no son personajes de relleno: cada uno cumple un papel necesario dentro de la obra.

Este libro nos muestra la vida tal cual es; los personajes se mueven con naturalidad y no hay situaciones forzadas. Además, y esto es muy importante, nuevamente el autor nos deleita y sorprende con la yuxtaposición de parlamentos que corresponden a personas que  no se encuentran en el mismo lugar y tiempo en el momento de la acción, pero que contribuyen a despertar el interés del lector y permiten una mejor comprensión de sucesos anteriores a esa misma acción. Esta es una de las características más encantadoras de la narrativa de Vargas Llosa.

Se enfocan distintos temas: el amor, el sexo, la amistad, la lealtad, la ingratitud, el valor, la traición, la mafia, los malos hijos, la fe y su pérdida, el chismorreo, la música y el otro rostro del periodismo. Y todo, dentro de una intriga muy bien traída y llevada, al punto de que el lector devora una página tras otra, en su apremio por conocer el desenlace. Nos habla de lo incierto que es todo en la vida: cómo, en el momento en que el hombre llega a la meta, cuando todas sus previsiones se han cumplido, un hecho fortuito o la misma muerte dan al traste con todo. ¡Cuánta confianza pone la gente en el dinero! Sin embargo, en un momento dado, no sirve para nada.

Hay tres observaciones que deben hacerse:

-En la página 313 se dice que Armida, la empleada doméstica de Ismael, ha dado un braguetazo al casarse con un hombre rico; pero la expresión sirve únicamente para el hombre que se casa con mujer rica; no a la inversa.

-En alguna parte se confunde el umbral con el dintel.

-Finalmente, la escena de sexo entre don Rigoberto y doña Lucrecia es totalmente irrelevante e innecesaria para el desarrollo de la obra que comento. Su inclusión no se justifica en absoluto.

Vale la pena leer esta obra: entretiene, nos hace reflexionar y no nos decepciona. Contiene mucha enjundia, como corresponde a un escritor de gran talla, como es Vargas Llosa.  El mundo de sus  libros es inagotable.

Fina Crespo

Noviembre de 2013