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EL TÚNEL

ElTunelErnesto Sábato, 1948

 

Ernesto Sábato, uno de los más grandes exponentes de la literatura hispanoamericana del siglo XX, escribió El Túnel en 1948, cuando, finalizada la Segunda Guerra Mundial, la humanidad enterraba su pasado para abrirse al disfrute de la vida, que, según los optimistas de entonces, habría de transcurrir en un mundo sin hambre, sin guerras, lleno de comodidad y bienes materiales, lo que colmaría de felicidad al hombre. Sin embargo, ese mundo ideal no habría de cristalizarse jamás. La filosofía de la acumulación desmedida de riqueza y de la producción infinita de bienes materiales dio como resultado una sociedad deshumanizada, que arrastró al hombre a la soledad, a la desesperanza, a la desilusión.

Precisamente en esta novela, Sábato nos adentra en la vida de Juan Pablo Castel, hombre paranoico, incapaz de comunicarse con los demás seres humanos, lleno de ansiedad y frustración, en quien la soledad y la desesperanza habían alcanzado niveles de locura. Su angustia existencial se desborda en su obra artística. Busca desesperadamente alguien que comprenda su vacío y su espera, simbolizados en la “ventanita” de su cuadro “Maternidad”. Al fin, esa persona llega: durante una exposición, una mujer muy joven, María Iribarne, es la única que comprende el significado del cuadro.

La mente analítica del protagonista se dispersa en un sinfín de soliloquios para encontrar la forma de presentarse ante María y abordarla. Ya en este pasaje advertimos la inestabilidad sicológica de Castel, inestabilidad que alcanzará más tarde todo el dramatismo con que el autor ha querido mostrarnos el vacío, la angustia y la soledad de su personaje y, con él, de la humanidad misma.

Acerca de la soledad, el propio Sábato se expresa así en otra obra suya: “… porque todas nuestras esperanzas se convierten, tarde o temprano, en torpes realidades; porque todos somos frustrados de alguna manera, por ser la frustración el inevitable destino de todo ser que ha nacido para morir; y porque todos estamos solos o terminamos solos algún día…”

Todas estas disquisiciones preliminares nos permiten entrever un Castel que siente miedo ante la posibilidad de enamorarse, de “jugar todo el dinero de que se dispone en la vida a un solo número”. Nunca había podido relacionarse normalmente con una mujer. Su vida amorosa, si cabe el término, se había circunscrito a tratar con prostitutas. Al conocer a María se obsesiona, es presa de una pasión arrolladora que acabará por destrozar su vida y provocará la muerte de la persona amada.

El amor, esa entelequia que el ser humano persigue durante toda su vida, se apodera de Castel. Pero es un sentimiento egoísta, absorbente, que no deja respiro, que deviene en manifestaciones de crueldad, y que trueca en largos períodos de intenso dolor los exiguos momentos de felicidad vividos por los amantes.

Mutatis mutandis, pasiones parecidas son el pan de cada día de muchas parejas que ni siquiera llegan a percatarse de su situación, enviciadas, como están, en los altibajos de sus particulares circunstancias. ¿Puede esto llamarse amor? ¿Puede un hombre matar porque lo dejaron solo? ¿Puede llamarse amor a semejante egoísmo y afán de posesión?

La costumbre de entablar largos monólogos lleva a Castel al paroxismo de los celos; así, transforma en hecho cierto lo que no es sino una mera hipótesis inicial; sus recovecos mentales, su implacable lógica, su terrible capacidad de análisis, lo arrastran hacia un abismo espiritual del que no podrá salir jamás. Trágicamente, sus sospechas se convierten en realidad. Frente a tales circunstancias, la muerte es la única salida posible. Pero, ¡claro!, no la suya propia, sino la de la mujer tan extrañamente amada: esa mujer que él mismo, en uno de sus tantos momentos de reflexión, llegó a considerar llena de fealdad e insignificancia, como él, como todos los seres humanos, y que fue la única persona que entendió su pintura, la única que podía comprenderlo.

La narración se desarrolla en primera persona; es un largo monólogo escrito en la cárcel después de cometido el crimen. Conocemos, por tanto, quién es Castel. No podemos asegurar lo mismo de los otros personajes. No sabemos a ciencia cierta quién es María (quizá el símbolo del retorno a la infancia), y solamente podemos intuir la personalidad de Allende o de Hunter. Aquél “¡Insensato!” proferido por Allende al conocer lo sucedido, nos deja ver hasta qué nivel de refinamiento y desenfado habían llegado estos devotos de los triángulos y hasta de los rectángulos amorosos. La conversación, en la estancia, entre Mimí y Hunter, refleja todo el trivial esnobismo de esta clase de personas.

El túnel no es sino el gran espejo en que podemos vernos reflejados los seres humanos. La ansiedad, la angustia, la desesperanza, no son patrimonio de los personajes del submundo. No. De otra manera, no estarían llenos hasta la saturación los consultorios de sicólogos y siquiatras que cobran muy buen dinero por cada hora o fracción de hora de consulta. Todos, alguna vez o muchas veces, sentimos que vamos por pasadizos o túneles paralelos, y que la hora del encuentro jamás llega, porque, como dice Sábato por boca de su personaje, aquello no es sino una ilusión, porque los pasadizos siguen siendo paralelos y no se juntan jamás; y, por último, la historia de los pasadizos no es sino una invención, porque solo hay un túnel, oscuro y solitario, donde transcurre nuestra existencia, desde el nacimiento hasta la tumba.

Este es un libro de obligatoria lectura para toda persona culta. Nos lleva a recorrer el dédalo de la mente humana, ese maravilloso lugar que guarda todas las dichas y desdichas, cavilaciones, dudas, certezas, fanatismo, indiferencia, creencias y descreencias, bondad, maldad, cobardía, valor, sublimidad y bajeza, y un sinnúmero de percepciones y sensaciones que nadie, ni siquiera nosotros mismos, conocemos o entendemos del todo.

Según los expertos, la novela corta es un género difícil para el escritor; no obstante, Sábato, con mano maestra, desarrolla una admirable narración que a nadie puede dejar indiferente. Su estilo es seco, directo, aunque no carente de humor e ironía, pese a lo duro del tema tratado. Hay expresiones felices en todo el texto, a la vez que profundas reflexiones filosóficas. Es imposible citarlas todas. Baste un ejemplo: “Vivir es construir futuros recuerdos”.

De esta novela se ha dicho que “Es una de las más grandes obras de las letras latinoamericanas, destinada a perdurar mientras existan lectores ávidos de la buena literatura”.

Ernesto Sábato nació en Rojas, provincia de Buenos Aires, el 24 de junio de 1911. Su larga y fructífera trayectoria por el mundo de las letras lo ha situado en un muy alto pedestal. Sus obras han sido traducidas a varios idiomas y son conocidas en el mundo entero.

 

Fina Crespo

Junio 24 de 2007