Monthly Archives: September 2014

PADRE

mafalda_papa “Viejo, mi querido viejo. Yo soy tu sangre, mi viejo; soy tu silencio y tu tiempo”. Estas palabras, tomadas de la bella canción que Piero ha cantado para siempre, están dedicadas al hombre que, desde el inicio de la vida, se halla presente en la conciencia y en el corazón de todo ser humano. Es el padre, que para el niño representa el amparo, la fuerza, la valentía, el sustento y, cómo no, también el amor y la ternura. Para el adulto, el padre es el hombre lleno de sabiduría, orientador y consejero en todo momento y circunstancia, el apoyo en las dificultades y el amigo incondicional.

El oficio del padre no es miel con hojuelas. Es una labor dura, que requiere de esfuerzo, sacrificio, trabajo y dedicación. Un gran pensador ya lo ha dicho: “El hijo es un acreedor dado por la naturaleza”. No es padre solamente el que ha engendrado: es el que ha entregado su vida, sus ilusiones, sus afanes y sus recursos, a quienes llegan a ser parte importantísima de sí mismo. Tanto es así, que hay una clase especial, muy especial, de padre: el que cría, ampara y educa, como si fueran suyos propios, a niños que han perdido a su padre biológico, sea por defunción, incapacidad, miseria extrema o  abandono.

El auténtico padre es la persona que ostenta, muy merecidamente, el título de cabeza del hogar, porque provee del alimento corporal y espiritual a sus hijos, los conduce por la senda correcta, y les prodiga su amor y sus cuidados. Es el paradigma en que se han de inspirar, y es quien, con su conducta,  señala el derrotero para que ellos lleven una vida digna y ejemplar.

Es conocida la forma de pensar de un hijo con respecto a su padre:

A los ocho años de edad: “Mi padre lo sabe todo”.

A los trece años: “Poco sabe mi padre”.

A los quince y durante toda la adolescencia: “Mi padre no sabe nada”.

A los treinta años: “Algo sabe mi padre”.

A los cuarenta: “Mi padre sabe mucho”.

De los cincuenta en adelante: “Qué sabio era mi padre”.

Esta es una realidad. Frente a la educación que el padre imparte, los hijos se rebelan, no soportan a su progenitor, quieren que “los deje en paz y  que no se meta en sus vidas”. Más tarde, cuando llega la hora de enfrentar la vida, cuando ven que el mundo que iban a conquistar no los espera con los brazos abiertos, cuánto necesitan los hijos de su padre, de ese hombre que poco a poco pusieron a un lado, pero que siempre está ahí para ayudar, aconsejar, consolar. Y es entonces cuando aprecian la sabiduría de su viejo.

Bajo la sombra paterna se forja el ser humano. En la personalidad del adulto subyacen muchos de los rasgos del padre, porque sus enseñanzas, su saber, su cultura, quedan impregnados en el alma y en el corazón del hijo.

Los vástagos la corona de gloria del padre. Los padres son los hombres esforzados, trabajadores, íntegros, que han formado hijos dignos de pertenecer a su estirpe. Ellos perpetuarán su nombre y sus virtudes; heredarán su reciedumbre, su tenacidad, su valor. Merecen, con toda justicia, su amor, gratitud y veneración. Y el nombre, tan dulce y tierno en los labios del hijo: papito.

Fina Crespo

Mayo de 2014

LA FELICIDAD

LaFelicidadTodos los seres humanos anhelan la felicidad. Cada cual, por diferentes caminos, la persigue. Pero ¿qué es la felicidad? Si nos atenemos a lo que dice el gramático, es el estado del ánimo que se complac

e en la posesión de un bien. Claro está que esa definición no nos dice si se trata de un bien espiritual o material, y no abarca la sutil gama de significados que cada uno puede darle.  ¿Quién puede, entonces, definirla?

Veamos qué nos dice un sabio hindú: La posesión y disfrute de bienes materiales, sin paz interior,
equivale a morirnos de sed mientras nos bañamos en un lago. Si bien debe evitarse la pobreza material, debemos aborrecer la pobreza espiritual, porque es la pobreza espiritual, y no la carencia material, la que constituye la base del sufrimiento humano.

Leamos un haiku (poema japonés):

             Corto madera

             Saco agua

             Es maravilloso.

¿No son, acaso, lecciones llenas de sabiduría estas sencillas palabras? Pero la naturaleza humana es tal, que pocas son las personas que llegan a conocer la esencia misma de la vida. Si mañana hemos de partir; si ninguna fortuna, ninguna grandeza, son perdurables; si la muerte nos acecha a todos, ¿por qué perseguir una supuesta felicidad fundamentada en la posesión de riquezas? ¿Por qué tiene que ser mejor llorar en un palacio que en la calle? ¿No es igual el dolor? ¿Por qué sacrificar la vida a la persecución de un imposible?

La publicidad, destinada como está a que las grandes empresas hagan más y más dinero cada día, nos ha vendido ideas equivocadas. Por ejemplo, una gaseosa de fama mundial presenta su producto con una frase adjunta: Destapa la felicidad. ¿Es acaso posible que la dicha se encuentre dentro de una botella? ¿Qué vacío espiritual induce a las personas a dejarse llevar por semejantes promesas? Y es un hecho que se dejan llevar, porque la gaseosa en cuestión tiene un éxito formidable.

La felicidad, como tantas otras cosas en las que cree la gente, no es sino un concepto, no una realidad. Pregunte a sus amigos qué entienden por felicidad, y una gran mayoría contestarán algo parecido a esto: Son contados momentos de euforia y exultación. El primer califa de Córdoba, Abderramán III, que gobernó por varias décadas, dijo, al final de su vida, que había sido un monarca muy poderoso, amado por sus súbditos y exitoso en su gestión, y que, sin embargo, pese a sus riquezas, a su fama, solamente había tenido catorce días de felicidad en todo ese tiempo.  Está claro, por tanto, que la famosa y perseguida felicidad no produce un estado permanente de gozo o complacencia. En general, es algo que está siempre más allá, como la zanahoria que trata de alcanzar el borriquito. En consecuencia, es inútil perseguirla.

Si alguna forma de felicidad existe, se encuentra en aquello que trasciende lo tangible. Y no es algo que esté fuera de  nuestro alcance. Se llama, como dijo el sabio mencionado al principio de este artículo, PAZ INTERIOR. Y para lograrla no es necesario poseer belleza física, ni fortuna, ni la “parlera fama” que desprecia Olmedo. Basta con trabajar en nuestra mente, en nuestro yo interior, para conseguir la ataraxia de que hablaban los griegos. Esa paz interior nos permite atravesar la vida sin sobresaltos, sin angustia, en la seguridad de que todo es pasajero; de que ningún problema es eterno; de que los sufrimientos y contratiempos nos fortalecen, en lugar de aniquilarnos. La paz interior, que es un estado permanente, nos enseña que la tan ansiada felicidad no es una meta; que esa paz debemos buscarla en el camino.   Nos permite recorrerlo con el corazón alegre y tranquilo, porque el gozo está en la travesía, mientras el barco está en el mar y no solo cuando ha llegado a puerto.

No en vano dice el sabio: Cultiva las macetas de tu ventana, en lugar de soñar con un mágico jardín lejano.

Y también: De las muchas formas en que puede dividirse a la humanidad, se halla esta: las personas que emplean su vida en conjugar el verbo ser, y las que se pasan la vida conjugando el verbo tener.

Las personas que buscan felicidad en la acumulación de bienes materiales, que muchas veces ni siquiera alcanzan a disfrutarlos plenamente, son tan pobres de espíritu, que lo único que tienen es riqueza material. Tienen un vacío interior que ninguna fortuna puede llenar. Hacen depender su estabilidad emocional de miserables bienes que, como dice el evangelio, los consume el orín y la polilla. Si desaparecieran esos bienes, ¿qué les quedaría? La nada.

Escuchemos a otro sabio: Las cosas que tú tienes, en realidad te tienen a ti; tú no eres el amo de tus cosas, sino su esclavo.

Acumulemos, pues, riqueza interior. Esa nos acompaña toda la vida y desaparece únicamente con nuestra muerte. Cuando pasan los años, cuando la vida casi se ha ido, nada tenemos sino lo que hemos guardado en nuestro espíritu. A ello recurrimos cuando el dolor nos abate, cuando la soledad nos llega. Esa riqueza es tan grande, que por más dispendiosos que seamos, nunca se agotará. Estará allí para reconfortarnos, para darnos alegría y entusiasmo, y  sentido a nuestra existencia.

Fina Crespo

Abril de 2014

SOBRE PAZ INTERIOR Y SOBRE POBREZA ESPIRITUAL

paz interiorLa paz interior es un estado del ánimo que se puede alcanzar en la vida y que no es gratia gratis  data, sino que es producto de un aprendizaje que dura la vida entera, porque todo es perfectible a medida que nos empeñamos en conseguirlo. Es fruto de una introspección y de una profunda reflexión sobre la vida misma; es un continuo filosofar sobre temas que nos atañen a todos, como, por ejemplo, la felicidad, el amor, la religión, el dinero, el trabajo y otros por el estilo, que sería largo enumerar.

La paz interior nada tiene que ver con la bonanza económica o con el sistema político en el que nos toque vivir, porque estos dos asuntos dependen de factores cuyo dominio no está en nuestras manos. Si condicionamos nuestra paz interior a circunstancias como esas, jamás la alcanzaremos, porque no se trata de un bien tangible, ni se fundamenta en una coyuntura material.

Dice Sócrates: Cuando todas las cosas son similares para nosotros, más nos parecemos a los dioses. Y un amigo, buen pensador, me dijo: Aunque estés en un calabozo, con cadena y bola de hierro en los pies, serás libre si tu espíritu es libre. Y cito a otro sabio: No podemos dirigir el viento, pero podemos ajustar las velas.

¿Qué significa todo esto? Que la única libertad que existe es la del pensamiento, y que el libre albedrío se halla en nuestra mente, porque bienestar o desdicha no dependen de lo que sucede a nuestro alrededor, sino de cómo pensamos respecto a ello. Si modificamos positivamente nuestros pensamientos, modificamos igualmente nuestro mundo.

La persona que disfruta de paz interior no teme al día que no ha visto llegar; no siente miedo de posibles catástrofes que probablemente no lleguen a suceder. Mira la vida y la acepta como es. Sabe que está matizada de alegría, dolor, risas, lágrimas, salud, enfermedad, pérdidas y ganancias; y, como colofón, la muerte, consecuencia natural de la vida, que tenemos que aceptar de buen grado; peor para nosotros si no lo hacemos. Cuando esa persona sufre un dolor muy grande (a lo que estamos expuestos los seres humanos todos), padece ese dolor, pero no se eterniza en él; encuentra dentro de sí la entereza suficiente para superar cualquiera de los avatares de la vida.

En lo que respecta a riqueza o pobreza material, cabe hacer una aclaración imprescindible: no se trata de volver a las cuevas de la prehistoria ni de vivir bajos puentes o en las vías subterráneas del metro de las grandes y opulentas ciudades. No. Todos tenemos derecho a una vida digna en el aspecto material. Ojalá todos los seres humanos pudieran vivir bien. El dinero es necesario para vivir; pero ello no significa que debamos acumularlo para sentirnos en paz, ni siquiera la paz exterior, menos aún la interior.

Un conocido aforismo nos hace pensar: Las cosas que tú tienes, en realidad te tienen a ti. Tú no eres el amo de tus cosas, sino su esclavo. Por tanto, es conveniente poseer lo necesario para vivir dignamente, y nada más. Esa vida digna no requiere de objetos valiosísimos, ni de viajes espectaculares, ni de ropa carísima, ni de joyas de valor incalculable. Si tenemos la oportunidad de conocer mundo, en buena hora; pero si la ocasión no se presenta, no pasa nada: seguimos siendo los mismos. Le preguntaron a Henry David Thoreau cuánto había viajado; el célebre filósofo replicó: He viajado mucho por Concordia (el pueblito en donde vivía y del que jamás salió). Con esta respuesta, que encierra una gran sabiduría, dejó estupefactos a sus colegas filósofos.

Si podemos vernos con amigos y servirnos una buena cena, pues, muy bien; sin embargo, si la situación económica no nos lo permite, bien podemos tomar juntos una simple taza de café, y todos contentos. Lo que realmente vale es la buena conversación, la alegría de vernos y el compartir vivencias.

Conquistar la paz interior es tarea ardua, que requiere mucha disciplina. Es preciso dejar a un lado nuestro natural egoísmo, suprimir la arraigada costumbre de quejarnos de todo y por todo, de modo que podamos dejar de pensar solo en lo meramente material, a fin de disfrutar de una vida interior muy rica.

No nos gustaría vivir en una pocilga. Pero mucha gente que habita en viviendas lujosísimas, mora, en su interior, en lugares sórdidos. Si nuestra casa exterior debe brindarnos comodidad y un ambiente agradable, ¿qué podemos decir de nuestra morada interior? Estamos en la obligación de construirnos un palacio maravilloso, que no nos va a costar un solo centavo, pues se lo levanta con el esforzado trabajo de  nuestro cerebro, reflejado en un examen ponderado de nuestras ideas, gustos, aficiones, obsesiones, manías, obcecaciones, frivolidades y todo cuanto atañe a nuestra personalidad, a fin de sacar las conclusiones necesarias para llegar a eliminar mucho de lo negativo que nos agobia, y emprender en acciones que nos permitan vivir en paz con nosotros mismos y con nuestros semejantes, y mantener una constante actitud mental positiva.

Tener paz interior no significa estar libre de defectos, sino luchar diariamente contra ellos, aunque jamás podamos vencerlos del todo. En la batalla está lo importante. Y si triunfamos, aunque sea en pequeña escala, tanto mejor.

Me encanta mencionar los pensamientos de los sabios, de esos seres maravillosos cuya compañía espiritual nos ayuda a descubrir los tesoros de la sabiduría (que no es lo mismo que el saber). He aquí uno de esos pensamientos: Entre las tantas formas en que puede dividirse a las personas, se halla esta: las que emplean su vida en conjugar el verbo SER, y las que se pasan la vida conjugando el verbo TENER.

Pasemos a la pobreza espiritual: es la antítesis de la paz interior. Quien tiene la desdicha de caer en ella es una persona que sufre, porque teme. Cree que para atravesar la vida en la mejor forma, deben cumplirse algunos o todos estos requisitos: tener mucho dinero, amor, belleza física las mujeres y apostura los varones, una pareja exitosa, juventud (aunque haya que buscarla, inútilmente, en el bótox o en la cirugía plástica), amistades que llaman “distinguidas”, triunfo en los negocios, éxito social, una casa fastuosa, elegancia y finura en el vestir (sin criterio propio, sino de acuerdo con lo que dictan los llamados gurúes de la moda), hijos inteligentísimos y triunfadores, etc., etc., etc. Si no consigue cumplir la mayoría de estas que podríamos llamar aspiraciones, padece, puesto que vive pendiente de los logros ajenos, que en ningún momento admite que superen los suyos propios.

No le interesa la sabiduría (no la del 1+1=2, porque ese es conocimiento), sino la verdadera sabiduría de la vida. Cree que vino al mundo a “triunfar, a tener éxito”, y ese triunfo se mide por la cantidad de dinero que ha logrado hacer, sin que importen su calidad humana y virtudes tales como la generosidad, la compasión, la solidaridad. Si es mujer, vive pendiente de las revistas de modas o chismes de actualidad, claro que del “jet set”. Si es hombre… bueno, ahí están las salas de convenciones, los buenos hoteles, las mujeres más bellas, los trajes más elegantes. No es que esas cosas sean malas per se, sino que son las únicas que le interesan, sin que las del espíritu tengan la menor importancia. Para darnos cuenta de cuánto influye la mediocridad,   basta con ver la cantidad de “personajes” de fama mundial que nos ponen como ejemplos de vida; desde luego, son dueños de inmensas fortunas; si mentalmente los despojamos de todo ese dinero, de su ropa tan fina, de su automóvil carísimo último modelo, no queda sino un individuo insignificante, que en lo espiritual no vale nada.

El espíritu no debe entenderse solo como el alma inmortal que supuestamente habita en nosotros. En el ámbito en que lo mencionamos aquí es algo que tiene que ver con lo más elevado de nuestro intelecto; por ende, con lo que respecta a nuestras mejores cualidades. La pobreza es la escasez, la carencia. Con esto podemos darnos cuenta de lo que significa la pobreza espiritual.

El evangelio nos dice que de la abundancia del corazón habla la boca. No menciona la abundancia del bolsillo, de la cartera, de la cuenta corriente, de las acciones de compañías exitosas, ni de nada por el estilo. Si una persona no tiene abundancia en el corazón, mal puede dar nada bueno a nadie. ¿Y a qué llamamos corazón? A los buenos sentimientos, que muy difícilmente anidan en quien está dedicado a acumular riqueza.

Quien cae en la pobreza espiritual padece de soledad. Y no porque le falte compañía, sino porque no puede acompañarse a sí mismo. No se ha detenido a pensar que es muy distinto estar solo, que sentirse solo. No sabe que nadie nos ayuda a nacer, nadie nos ayuda a vivir y nadie nos ayuda a morir. Nuestro cerebro, que es nuestro yo, se halla encerrado en una caja ósea de la que no puede salir. Frente a esta soledad, ¿qué puede significar el no tener gente a nuestro lado? El individuo puede sentirse solo en medio de una familia numerosa, o junto a muchos colegas o amigos. El que tiene riqueza espiritual está siempre acompañado por sí mismo; no es egoísta, porque le gusta compartir con los demás; pero, si en algún momento le toca estar solo, no ve en ello ningún problema: no se angustia, no se ve abandonado, no se siente solo.

Nuestro idioma nos permite imprimir distintos matices a la expresión, según el lugar que una palabra ocupe en el texto. Por ello, podemos decir que cabe la posibilidad de que quien goza de paz interior sea una persona pobre; pero quien cae en la miseria espiritual es, indiscutiblemente, una pobre persona. Así, en pocas palabras, definimos un concepto y otro.

La riqueza espiritual nos permite vivir una existencia plena y nos libera, al llegar la vejez, de pasárnosla de un consultorio médico a otro, porque nuestro cuerpo responde positivamente cuando la mente que lo dirige es también positiva.

La comprensión de estos hechos nos mueve a mejorar interiormente y salir de la pobreza espiritual, si alguna vez estuvimos en ella.

Fina Crespo

Abril de 2014

Herejes

HerejesLeonardo Padura, 2009-2013

Esta obra, una más de este excelente escritor cubano, nos introduce en un universo de amistad, amor, lealtad, intriga, suspenso, tragedia e historia, ambientado en las ciudades de La Habana y Ámsterdam, en épocas que van desde el siglo XVII hasta el XXI (concretamente hasta 2009), y que tiene como telón de fondo la historia  de esas ciudades y esas épocas.

Se trata de una novela muy bien estructurada, pues, a pesar de que entre una y otra narración median casi cuatro siglos, no hay desarticulación alguna, sino que el todo es un conjunto armónico, bien concatenado, en el que los personajes se mueven con naturalidad y actúan como corresponde a la época en que viven.

La descripción de los lugares es magnífica: conocemos La Habana antigua y la actual, su gente y su carácter. La ciudad de Ámsterdam aparece ante nuestros ojos, en pleno siglo XVII: sus casas, sus calles, su intensa actividad comercial y la libertad de que hacen gala sus habitantes, incluidos los miles de judíos askenazíes y sefardíes que viven en ella, y su sinagoga. Asimismo, en algún momento se describe la ciudad de Miami como era en 1950, muy distinta de la actual.

Los principales personajes que pueblan las páginas de la obra son: Daniel Kaminsky, Joseph Kaminsky, Elías Ambrosius Montalbo de Ávila, Elías Kaminsky, Judy (la joven que buscaba la libertad) y Mario Conde. Desfilan también otros personajes, bien definidos, algunos de los cuales dan a la obra animación y humanidad; algunos otros reflejan el lado más oscuro de la condición humana.

Un personaje ciento por ciento histórico es importantísimo: Rembrandt, el pintor y grabador neerlandés (Leiden, 1606-Ámsterdam, 1669), cuya vida, aunada durante cuatro años con la de un personaje ficticio, está descrita admirablemente bien, y refleja la grandeza y las debilidades del artista. La descripción que Padura nos da del cuadro Ronda nocturna es, sin lugar a dudas, magistral.

Fijémonos en otro “personaje” importantísimo, intangible, pero que no podemos dejar de mencionar, porque se halla omnipresente a lo largo de toda la narración: el MIEDO, así, con mayúsculas, que se adentra en el cerebro y en la piel de la gente, en especial de los judíos, acosados, perseguidos, martirizados, víctimas de matanzas y crueldades sin límite. Y el odio, que llevado a sus mayores extremos, nos demuestra, como nos dice el autor, que “la furia doctrinaria de los hombres es la peor furia del mundo”.

Entre los elementos importantes de la narración está un  cuadro, bosquejo de la cabeza de Cristo, firmado por Rembrandt y obra de su alumno Elías, que había merecido tan grande honor de parte del Maestro.

Son cuatro los relatos fundamentales:

En primer lugar, la vida de Daniel Kaminsky, llegado a Cuba cuando era un niño de ocho años; su orfandad a raíz de la pérdida de su familia (padres y hermana pequeña, que viajaban en el buque Saint Louis, en 1939, y que después de llegar a Cuba hubo de regresar a Alemania, con novecientos judíos que trataban de huir de la muerte en los campos de concentración de Hitler, y a los que Cuba, Estados Unidos y Canadá negaron el permiso de inmigración, con lo cual los condenaron a una muerte horrible); su adaptación a la nueva patria; el apoyo brindado por su tío Joseph, que actuó con él como un verdadero padre; sus amigos de infancia, adolescencia y primera juventud, que son un ejemplo de lo que es la amistad incondicional y la lealtad; su despertar a las exigencias de una religión que conservaba la Ley sin cambios, desde que era válida para tribus nómadas, pero que ya no tenía validez para la época moderna; su consiguiente rebelión y el anhelo de dejar de ser judío (experimentaba una falta absoluta de fe, de compromiso con una causa: el entonces   recién fundado Estado de Israel, causa revestida de mesianismo, en tanto sentía en su interior una rebeldía contra viejos y limitantes preceptos religiosos rescatados por el flamante Estado);  su expatriación a Estados Unidos y su retorno al redil, pero sin renunciar a sus principios, esto es, su inserción en la sociedad judía, pero sin las creencias.

El segundo relato, muy bien coordinado, nos lleva casi cuatro siglos atrás en el tiempo, a la ciudad de Ámsterdam, al taller de Rembrandt, a la sinagoga, a la vida de los judíos sefardíes y askenazíes de la época, a la condena de Baruch Spinoza, a la aparición de un supuesto Mesías, al ansia de los judíos por encontrar, al fin, la solución de sus graves problemas en la sociedad en que vivían, y… al MIEDO.

La tercera narración es la vida de los adolescentes habaneros, cuya encarnación es Judy, hija de un corrupto exfuncionario del régimen. Conocemos a los jóvenes que se denominan emo, inconformes, desorientados, a la búsqueda de Algo que les dé una razón para vivir. Están hartos de la falta de libertad; y, al buscar una salida, la encuentran en la droga y en la autoagresión. Pero, si esos adolescentes actúan así movidos por el anhelo de una vida de libertad, ¿por qué hay otros que, aunque viven en países supuestamente libres, actúan de la misma manera? ¿No será que se trata de un problema universal, cuyas raíces se las debe buscar más allá de las que se ven a simple vista?

El cuarto relato tiene que ver con una carta dirigida por Elías Ambrosius a Rembrandt, que se fundamenta en una exhaustiva investigación histórica e, incluso, escrita en documentos históricos de primera mano, como es el caso de Javein mesoula (Le fond de l’abime), de N.N. Hannover,  que es, en palabras de Padura, “un impresionante y vívido testimonio de los horrores de la matanza de judíos en Polonia entre 1648 y 1653, escritos con tal capacidad de conmoción que, con los necesarios cortes y retoques, decidí retomarlo en la novela, rodeándolo de personajes de ficción. Desde que leí ese texto supe que no sería capaz de describir mejor la explosión del horror y, mucho menos, de imaginar los niveles de sadismo y perversión a los que se llegaron en la realidad constatada por el cronista y descrita por él, poco después”.

El lector queda devastado y no entiende cómo es posible que la maldad humana llegue a tales extremos; son propios de mentes enfermas de odio y fanatismo. Los cristianos, al creerse superiores y dueños de la verdad, quisieron borrar una religión (la judía) que tenía tanto derecho a existir como la suya propia. Lo extraordinario es que los judíos lo soportaron todo, por el convencimiento de que esas desgracias les sucedían por una maldición divina que estaban en la obligación de aceptar, mientras llegaban el fin del mundo y el verdadero Mesías.

Cada una de estas narraciones está separada en libros, al modo de la Biblia: Libro de Daniel, Libro de Elías, Libro de Judith y Génesis. No podía el autor haber tenido más feliz idea. Los cuatro libros están perfectamente vinculados; no hay cabos sueltos ni palabras desperdiciadas. Todos los hechos narrados tienen un porqué. El lenguaje de Padura es, como no podía ser de otra manera, contundente y adecuado a cada circunstancia, y refleja, en cada oportunidad, muy apropiadamente, ya sea  dramatismo, humor, suspenso y, en fin, toda una gama de expresiones, a cuál más acertada. Ello no impide que haya frases en las que no se respeta la concordancia y que se note cierto descuido en la ortografía.

El autor es un crítico implacable del régimen de Fidel Castro, cuyo nombre no menciona, pero al que alude en cada ocasión en que así lo demanda el relato. También se muestra implacable con Batista y su régimen de abuso y corrupción.

Los herejes son muchos, no solo Daniel y Joseph Kaminsky, Rembrandt, Elías Ambrosius o Judy. También lo son Conde, sus amigos, Tamara y otros más. Los herejes, los que se rebelan, los que se permiten disentir del criterio mayoritario, son quienes hacen avanzar al pensamiento; son los que incitan a la reflexión, al examen de las “verdades inmutables”, lo cual conduce a una liberación del espíritu y su consiguiente encuentro de regiones de paz y libertad; claro, libertad de pensamiento, que es la única posible para todo ser humano en cualquier época y lugar. Desde luego, la palabra hereje no la tomamos aquí solamente con la acepción que en Cuba se le da, que consta en el DRAE y que el autor menciona en la página 14, sino con todos los otros significados que acepta la RAE.

Este libro nos muestra que es un absurdo tratar de uniformar a la sociedad (a cualquier sociedad), bajo regímenes que, so pretexto de igualdad social, imponen normas que de ninguna manera deben aplicarse como si los seres humanos fueran un rebaño al que se debe conducir sin tomar en cuenta su individualidad. Cada persona debe encontrar su camino por sí sola. No es posible ser feliz por decreto.

Y aquí entran, asimismo, los sistemas que, so capa de libertad, embrutecen la mente de las personas con promesas de felicidad basadas en crear necesidades que nunca se satisfacen, porque siempre surgen otras (que para eso está la insidiosa propaganda, efectuada por todos los medios posibles, con un lenguaje seductor y taimado).

Padura, por medio de uno de sus personajes, nos dice que “ser un hombre libre es más que vivir en un lugar en donde se proclama la libertad”. Por tanto, no basta con hablar de libertad, palabra que se halla en boca de todos los gobernantes de cualquier tendencia: hay que asumirla en lo personal,  con todos los riesgos y la discriminación que conlleva para quien en verdad es libre.

Cabe recomendar la lectura de este magnífico libro a todos los herejes convictos y confesos, a los herejes camuflados y a los aspirantes a herejes. Y también a los que miran mal a los herejes.

Fina Crespo

Mayo de 2014