LA MUJER LOCA

Juan José Millás, 2014

 

La novela se inicia con una palabra que no es tal: pobrema, vocablo que, sin haber sido escrito ni pronunciado jamás, habita en el cerebro de una joven, Julia, que, aunque perturbada mentalmente, sufre una locura  muy similar a la de Don Quijote, que solo la experimentaba en lo relacionado con la caballería andante, no así en los demás asuntos, en los que siempre demostraba mucha lucidez. Del mismo modo, Julia está desquiciada, pero únicamente en lo que tiene que ver con la gramática, mas no con otros temas.

Por hallarse enamorada de Roberto, su jefe, que es filólogo, comienza a estudiar gramática con ahínco, y ello deviene en un desfilar, por su mente, de infinidad de palabras y frases que “hablan” con Julia y expresan preocupaciones y sentimientos. Pobrema, la palabra que no lo es, desea entrar en el léxico, de modo que pueda servir para hablar o escribir. Consigue convertirse en vocablo, a cambio de sufrir una mutilación y perder su personalidad, su yo. Julia le extirpa la sílaba ma y queda la palabra pobre, que metafóricamente en este caso, nos dice mucho. Cuántos seres humanos hay que, con tal de pertenecer a tal o cual estrato de la sociedad, pierden su identidad y sufren mutilaciones, no físicas, sino espirituales o intelectuales.

En la intensa actividad que personas imaginarias, vocablos y frases despliegan en la mente de Julia, se filtra, quieras o no, una deliciosa, aunque pequeña, clase de gramática. Nos muestra el inmenso poder de las palabras; la maravilla que es el lenguaje; la innegable realidad de que, aunque lo poseemos, también nos posee; el hecho cierto y muy cierto de que intelectualmente somos lo que es nuestro léxico, pues no podemos nombrar sino aquello que conocemos; lo apasionante que es dedicarse a estudiar el idioma, actividad que nos depara mil y una satisfacciones; y la explicación de las palabras sexo y género, que no significan lo mismo: la primera define a las personas; la segunda, a los seres gramaticales. Para despedir a pobrema, diré que prefirió ser insignificante, a perder su personalidad, su yo; recuperó la sílaba ma y volvió a quedar completa. ¡Cuántas personas deberían hacer lo mismo!

Aunque perturbada mentalmente, Julia no está muy lejos de quienes se dedican a estudiar el lenguaje, porque adquirir familiaridad con las palabras, darse cuenta de su inmenso poder, construir juegos lógicos con ellas, es una actividad deliciosa, amén de que nos incita a manejarlo correctamente, como lo que es: el poderosísimo instrumento del que disponemos los seres humanos para comunicarnos.

Los avatares de la vida llevan a Julia a la casa de Serafín y Emérita. Esta última sufre una enfermedad incurable y por ello ha decidido recurrir a la eutanasia, mediante suicidio asistido.

Al llegar a esta parte del relato, Millás le da un giro espectacular, puesto que él mismo entra a formar parte de los personajes de la obra. Quiere escribir un reportaje sobre Julia, y acaba por interesarse vivamente en la enferma, que pasa a convertirse en el personaje principal de la narración. Cuando entra en la casa de Serafín, se encuentra con que es la misma en que vivió en su temprana juventud, cuando era estudiante, y en donde experimentó un duro episodio, a raíz del cual su amiga María quedó perturbada, como ahora lo está Julia.

Millás pasa algún tiempo con la enferma, y poco a poco va interesándose en ella; cambia el trato, hasta cierto punto descortés del principio, a un genuino deseo de escuchar lo que ella tiene que decir. Y, ¡vaya!, tiene mucho de qué hablar. Ya lo veremos más adelante.

A la par de sus visitas a la enferma, Millás acude a una psicoanalista, mujer de ochenta años, a la que precisamente ha escogido por tener esa edad, de modo que espera que fallezca durante el tratamiento, lo que, en efecto, sucede.

En el diván de la psicoanalista, Millás se desdobla en el Millás de acá y en el de allá. Ambos personajes son el escritor y el narrador, que, según las propias palabras del autor, son dos instancias diferentes. Y añade que puede haber una tercera. Se siente fascinado por el “mapa” de un país imaginario, dibujado en el techo del consultorio, a partir de una mancha de humedad. Ello da pie para hablar de lo falso y de lo verdadero, y de lo difícil que es establecer una línea divisoria entre ambos conceptos. Entre una y otra sesión, Millás y su psicoanalista hablan del mundo, y de que, como en la computadora, este se repite a sí mismo incesantemente, con un copia y pega, copia y pega, sin fin. Así son también las generaciones humanas, que no son sino un copia y pega de los genes. Se refieren también a lo legal y a lo ilegal; y, al hablar del suicidio de Emérita, llegan a la conclusión de que los sucesos relatados en la literatura interesan por más tiempo que los acontecimientos reales (la ficción, a la larga, aguanta más que la realidad), pues los suicidios ficticios de los libros influyen por mucho más tiempo que los reales.  En varias oportunidades, durante las sesiones, Millás se convierte en el psicoanalista, pues es quien hace las preguntas y   espera respuestas de la profesional que lo atiende.

Los diálogos de Millás y Emérita son muy profundos. Se habla de las personas porquesí y porquenó, condición que diferencia a quienes hacen las cosas por hacerlas, de quienes las hacen por amor. Emérita, que es una persona porquesí, encuentra el amor en los demás, y no en sí misma, pues no tiene disposición para amar; la prueba es que se casó porque sí; sin embargo, según Millás entiende, Emérita, al final, encuentra en sí misma el amor, esto es, la capacidad de amar.

Para Emérita, la vida es como un paquete turístico barato, aunque bien organizado, en el cual a cada uno le toca lo bueno o lo malo, sin que haya dedicatoria. Opina que el amor es la prótesis más espectacular inventada por el ser humano, para suplir la amputación afectiva de que padece.

Finalmente, confía a Millás un episodio vivido hace treinta o cuarenta años (antes, recordaba la fecha con precisión, pero ahora no, porque el tiempo está roto para ella). Es un secreto que ha guardado durante toda su vida: mató a un desconocido, un hombre de edad, porque él mismo se lo pidió y la obligó a hacerlo. Su marido, que siempre supo lo que había pasado, jamás le preguntó nada ni habló de ello. Así era el amor que le profesaba. Al entregar a Millás el revólver que utilizó para matar al hombre (que resultó ser un abogado muy conocido), se deshizo de la carga que había soportado durante tantos años. Tal como le dijo el hombre que le pidió que lo matara, ese acontecimiento cambió la vida de Emérita para siempre. Sintió lo que significa tener en las manos la vida de otra persona, algo que no la dejaría en paz nunca.

Estos diálogos se amplían a temas tales como la opinión de que Dios no es todopoderoso, porque nada puede hacer en determinadas circunstancias; que Dios somos nosotros mismos; que todo el mundo quiere ir a algún sitio, señal inequívoca de que no vamos a ninguno. Y así, un continuo filosofar, que nos lleva a inquirir también sobre nuestras propias vidas y la forma en que las vivimos, pues tampoco sabemos nada y caminamos entre sombras.

Por fin, Emérita ingiere el coctel preparado para su suicidio asistido, y fallece.

Los demás personajes siguen su rumbo: Serafín y Julia se unen como pareja, venden la casa y se van de la ciudad. El cura, que confesó y dio la extremaunción a Emérita poco antes de su fallecimiento, vuelve a su pobre casa y guarda el secreto de lo sucedido. Millás “concurre” a una sesión con su terapeuta muerta, y aún tiene lugar un diálogo filosófico más.

La mujer loca es un libro fascinante, que en sus páginas trata de temas muy  profundos y recoge experiencias que nada tienen de extraño, porque son sucesos que, aunque nos parezcan imposibles, ocurren muchas veces en la realidad. Aunque las ficciones que pueblan la mente de Julia no son más que eso, ficciones, para ella son absoluta verdad; por tanto, esas personas que nosotros vemos como irreales, para la joven existen y tienen entidad propia. Las frases y las palabras hablan con tal fuerza, que Julia siente todo ello como algo totalmente cierto. Y así es para cada cual su mundo interior. Si no fuera así, únicamente lo exterior nos parecería que existe; pero es un hecho que nuestros pensamientos, los personajes, objetos, anhelos y sueños que llenan nuestra mente, gozan de plena existencia en el momento en que los llamamos. El que no sean tangibles no les quita verosimilitud.

En su excelente artículo Son de lo que no hay, el filósofo español Fernando Savater cita a Paul Valéry, quien, en su Pequeña carta sobre los mitos, dice: “¿Qué sería de nosotros sin el auxilio de lo que no existe? Poca cosa, y nuestros espíritus desocupados languidecerían, si las fábulas, los malentendidos, las abstracciones, las creencias y los monstruos, las hipótesis y los pretendidos problemas de la metafísica no poblasen de imágenes sin objeto nuestras profundidades y nuestras tinieblas naturales”.

La obra trata de la locura y la cordura, del amor y de la indiferencia, del derecho a la eutanasia (tema muy de actualidad y que genera áspera polémica), de la maravilla del lenguaje, de las religiones, de Dios, de los complejos; en fin, de una extensa gama de asuntos que atañen a la vida humana y que no los podemos soslayar.

La mujer loca nos demuestra, una vez más, la óptima calidad de la narrativa de Millás, uno de los grandes escritores de nuestra época, que no en vano ha sido galardonado con premios de reconocida importancia.

 

Fina Crespo

Octubre de 2014

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