EL TIEMPO

el-tiempoLa palabra tiempo, por sí sola, tiene algunas acepciones; combinada con otras, forma locuciones con diverso significado. Así tenemos, entre otras, tiempo pascual, muerto, inmemorial, geológico, absoluto y unas tantas más. Para los propósitos de este artículo nos interesan principalmente estas tres:

1ª. Duración de las cosas sujetas a mudanza;

2ª. Magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesos
estableciendo un pasado, un presente y un futuro; y

3ª. Época durante la cual vive alguien o sucede algo.

El hecho de vivir en un planeta sujeto a ciclos (orto y ocaso del Sol, período de lluvias y sequía, épocas de siembra y cosecha, sucesión de las estaciones, por ejemplo), han incidido en que, desde que la civilización tiene memoria, se haya considerado que el tiempo fluye homogéneamente desde un pasado a un futuro. Así lo conceptuaba Newton; pero varios científicos modernos han desechado esta idea ante la imposibilidad de demostrar que el tiempo verdaderamente fluye.

Nosotros, habitantes de un planeta que es menos que una partícula en el universo, nos hemos acostumbrado a ver el tiempo, en el sentido de duración de las cosas, como un elemento más de  nuestro diario vivir, como el aire y el agua. Pero no es así. Realmente, el tiempo no existe como elemento de la categoría de los dos nombrados, porque tan solo es un convencionalismo en el que nos hemos puesto de acuerdo para determinar la duración de nuestro paso por la vida y de lo que nos rodea. Miradas así las cosas, nosotros mismos somos el tiempo: lo tenemos mientras vivimos; se nos termina en el momento de morir. Es, en suma, una creación de la mente.

Nuestro tiempo… el personal, el que consideramos corto o largo según recordemos o esperemos; ese tiempo que en la niñez nos parece eterno, es menos que una ráfaga. Los científicos Marcelino Cerejido y Fanny Blanck-Cerejido nos dicen:

A escalas geológicas, que duran miles de  millones de años, la vida de un hombre, desde huevo fecundado hasta cadáver, parece poco menos que una explosión. Nos queda claro, entonces, que modas, muebles, aparatos, personajes, instituciones, imperios, ciudades, especies biológicas, montañas, continentes, sistemas planetarios, galaxias y el universo entero no son más que configuraciones más o menos pasajeras que va adoptando la materia. (…) Desde esta perspectiva, la historia de un organismo aparece como una serie de crisis y transiciones: en un huevo fecundado las células se dividen y forman una masa (mórula) que no se queda como tal, sino que luego se ahueca (blástula) y más tarde se invagina (gástrula), y pasa después por otros estadios que incluyen los de embrión, feto, niño, adolescente, adulto, anciano y cadáver.

También el organismo humano está sujeto a ciclos, lo cual, según parece, nos produce una ilusión: el sentido temporal, por el cual creemos darnos cuenta de que el tiempo transcurre, lo que nos lleva a la tesis ya expuesta, de que el tiempo somos nosotros mismos. Ese supuesto fluir del tiempo encuentra asidero en que lo medimos y en que para esa medición hemos creado máquinas llamadas relojes. La verdad es que esa medida se fundamenta en la duración de ciertas oscilaciones, cuyo transcurso se ha definido convencionalmente con la palabra segundo, transformada en unidad del tiempo como magnitud física, en el Sistema Internacional. El moderno avance de la ciencia le da una definición muy precisa, basada en conocimientos exactos; pero referirse a ello  no es el objetivo de este artículo.

La idea de medir los ciclos de la naturaleza, así como la duración de los seres humanos, de los animales y de los objetos, se pierde en la noche de los tiempos. Y ya, cuando empieza la historia (en Sumeria, por supuesto), la medición del tiempo es cosa corriente. Los caldeos, los asirios, los babilonios y los egipcios lo hacían. El Sol, nuestro astro, era el punto de partida para conocer la hora. Kidinnu, astrónomo caldeo del siglo VI a.C., calculó el movimiento del Sol con una exactitud tal, que solo fue superada en el siglo XX.  Hemos de recordar que los caldeos, los babilonios y los griegos no conocían el telescopio.

Con el avance del conocimiento, se dividió el tiempo en días, semanas, meses y años. La semana de siete días se la debemos a los caldeos. En Egipto, el ciclo anual empezaba el día en que la estrella Sirio aparecía en el horizonte.

Después de los relojes solares y los de agua, apenas en la baja Edad Media aparece el reloj mecánico. Poco a poco fueron perfeccionándose estas máquinas, hasta tener en la actualidad relojes de una precisión extraordinaria.

Aparecieron más tarde los calendarios. Los de los griegos eran lunisolares. Los primeros calendarios romanos que se conocen están grabados en piedra. El más antiguo es el de Antium, de mediados del siglo I a.C., y mencionaba las calendas, los idus y las fiestas. Más tarde, estos calendarios de piedra se sustituyeron por rollos de papiro, a los que se añadieron secciones de astronomía y astrología.

El calendario azteca descuella entre los de las culturas y civilizaciones precolombinas; el que se exhibe en el museo nacional de México tiene grabados numerosos datos de astronomía; en otros aparecen fechas, nombres de los dioses, de ciudades, de personajes, etc. Los mayas tenían el año de 365 días,  con un año bisiesto cada cuatro, mucho antes de que en Europa se regulara así el tiempo.

El calendario juliano lo implantó Julio César, en el siglo I a.C. En él se estableció el 1° de enero como el día inicial del año. El gregoriano reformó el anterior; esta reforma la ordenó el papa Gregorio XIII y es el que rige en la actualidad. Para corregir algunos defectos que tiene este calendario, se han propuesto varios proyectos de reforma, pero hasta ahora no han pasado de ser solo proyectos.

Muchas culturas han tenido sus calendarios, pero nos hemos limitado a mencionar aquí  únicamente los más importantes.

Todo lo anterior nos demuestra que el hombre ha dado enorme importancia al tiempo, al punto de preocuparse por medirlo. Todo ello no es cosa actual, sino que viene desde tiempos inmemoriales. Lo ha considerado un elemento que fluye,  que existe; ha querido aprisionarlo, regirlo, someterlo a normas, extenderlo a límites que antiguamente no podían ni imaginarse (se habla de vivir hasta ochocientos o mil años); sin embargo, esta creación de nuestra mente encuentra su final en nuestra mortalidad. La vida demasiado larga acarrea su propio fantasma: una dilatada ancianidad, que el que muere joven no llega a conocer.

Cerejido y Blanck-Cerejido nos dicen:

La senectud es enteramente artificial; es un producto de la civilización. Más aún: su duración es proporcional al grado de civilización, a la capacidad que tiene una cultura de remendar la vida de su gente y de sus animales. (…) Hoy los ancianos ya no son considerados como los depositarios de la sabiduría y de la historia, y la velocidad con que se producen los cambios tecnológicos, culturales y  geográficos tiende a dejarlos de lado. A su turno, los jóvenes se alejan de los ancianos, en virtud del temor y la culpa que inspiran la muerte y los que, virtual o concretamente, están cerca de ella. Así como para el niño la muerte es siempre la muerte de otro, para el adulto maduro la muerte de otro siempre refiere a la propia.

Por lo menos hasta el momento, pese a su incansable búsqueda, el hombre no ha encontrado la fuente de la eterna juventud. Así pues, a más tiempo sobre la Tierra, mayor período de ancianidad.

La siguiente anécdota se ha atribuido a varios personajes célebres: alguien muy famoso se jactaba de haber alcanzado una avanzada edad porque jamás había fumado ni bebido, siempre se había retirado temprano a descansar y jamás había caído en excesos en la comida o en su vida sexual. A todo ello, un colega le replicó: “Pero, mi querido amigo, usted no vive: usted dura”.

¿Qué es mejor? ¿Vivir o durar? La respuesta es obvia.

Cuando vemos, día a día, que se agota cada vez más nuestro capital de tiempo, lo mejor que podemos hacer es saborear la vida, aquilatarla en lo que vale y no desperdiciarla en tareas inútiles o en quejas más inútiles todavía. Ahora mismo estamos en el turno de vivir. Por tanto, ¡VIVAMOS!

Frases acerca del tema:

De autor desconocido: El primer error fue la invención del calendario. Ello condujo con el tiempo a la implantación de los lunes.

J. L. Borges: Estamos hechos, en buena parte, de nuestra propia memoria. Esa memoria está hecha, en buena parte, de olvido.

Angelus Silesius: Tú mismo haces el tiempo. Tu reloj son tus sentidos.

Cesare Pavese: No recordamos días, sino momentos.

Quevedo: Soy un fue, y un será, y un es, cansado.

Proverbio francés: La vida es una cebolla que uno llora mientras la va pelando.

Porchia: Uno vive con la esperanza de volverse una memoria.

Unamuno: Escapar a la muerte ha sido el núcleo de las religiones.

Cerejido: El deseo, podría decirse metafóricamente, es la presencia del futuro en el presente, de algo que aún no se ha realizado. Es la presencia de una ausencia.

Raoul Dufy: La naturaleza, mi querido señor, es solo una hipótesis.

Albert Einstein: El tiempo y el espacio son esquemas con arreglo a los cuales pensamos, y no condiciones en las que vivimos.

 

Fina Crespo
Mayo de 2011

 

 

 

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