MIGUEL SÁNCHEZ ASTUDILLO, MAESTRO DEL LENGUAJE

Miguel SanchezEl eximio jesuita Miguel Sánchez Astudillo nació en Zaruma, provincia de El Oro, el 10 de enero de 1917, en el hogar formado por don Miguel Mardoqueo Sánchez Chiriboga y doña Felicia Astudillo Valarezo. Fue el octavo de diez hermanos. Falleció en Quito, el 28 de febrero de 1968.

Discípulo de otro eminente jesuita, Aurelio Espinosa Pólit, Sánchez Astudillo fue hombre de vastísima ilustración: humanista, crítico, ensayista, gramático y erudito. Tuvo una gran vocación para la enseñanza. Según sus propias palabras: “Lo poco que uno sabe tiene que comunicarlo a quien no lo sepa. ¿No proclamamos la función social de la riqueza? Pues proclamemos también la función social de la ciencia, del arte, de la técnica. En sociedad constituyó Dios al hombre, y solo por sus proyecciones sociales se justifican los dones particulares del individuo”.

Doctorado en filosofía por la Universidad Javeriana de Bogotá, obtuvo también la licenciatura en letras y se ordenó en 1951, después de estudiar teología en el Colegio Máximo de Bogotá y en Granada. Dominaba el inglés, el francés, el italiano, el latín y el griego. Sus viajes lo llevaron a distintos continentes y países. Fue miembro de la Academia Ecuatoriana de la Lengua y de la Casa de la Cultura Ecuatoriana.

Entre sus obras figuran “Del Cielo a la Tierra”, “El libro capital de Espinosa Pólit”, el poemario “Alma”, “El ser de Unamuno” e “Isaac J. Barrera, espécimen de letrado y de hombre”.

Múltiples fueron sus inquietudes intelectuales, como amplio su saber y exquisita su cultura clásica. Entre tantas disciplinas que llegó a dominar, una, importantísima en el diario vivir, fue la lengua castellana, de la que tuvo un profundo conocimiento.

Su inclinación a la enseñanza lo llevó a convertirse en colaborador del diario “El Comercio” de Quito, donde, entre el 1° de junio de 1966 y el 3 de enero de 1968, mantuvo la columna Cuide su lenguaje, en la que publicó 246 artículos sobre el tema.

Al presentar esta columna, la nota de la Redacción pone de relieve “la significación intelectual de Sánchez Astudillo, su profundo conocimiento del idioma, de sus orígenes y desarrollo, y la paciente observación que dedica a los usos populares, lo que da a sus comentarios una autoridad excepcional”.

Los artículos están escritos en forma clara y sencilla, de modo que pueda entenderlos perfectamente el lector interesado en el ir y venir del idioma. En cada uno de ellos, la introducción es un deleite para el espíritu. En esos párrafos, sin palabras rimbombantes ni incomprensibles, nos habla de filosofía, de historia, de ética, de costumbres. Deplora el hecho de tener que referirse únicamente a lo malo de nuestra habla, pero para ello es su columna: señalar los errores e indicar las formas correctas. Y lo hace con naturalidad, amenidad y humor, sin alardes. Cuando un alumno de cuarto curso de bachillerato se queja de que no conoce muchas de las palabras de sus artículos, el columnista le da las definiciones y le pregunta si está satisfecho con la explicación dada.

En una de esas introducciones rinde homenaje a Humberto Toscano, el inolvidable Vivián, fallecido trágicamente en España, que colaboró en “El Comercio”, en temas gramaticales, durante veinte años.

Por estos deliciosos renglones desfilan sustantivos, pronombres, preposiciones, verbos y más partes de la oración, en una banda sinfín que  nos lleva a mirar las dificultades de la sintaxis como  de solución fácil y asequible a todos.

Muchas de sus “profecías” respecto al lenguaje se han cumplido. A lo largo de las décadas transcurridas desde su muerte, la Real Academia Española de la Lengua ha venido aceptando multitud de vocablos que en la época de Sánchez Astudillo se consideraban erróneos. Respecto a muchos de ellos, predijo que la Academia terminaría aceptándolos, por ser necesarios al idioma, y criticó el hecho de que en algunas ocasiones hubiera tardado más allá de lo prudente en darles carta de naturalización en el castellano.

Los artículos de Miguel Sánchez Astudillo se publicaban tres veces por semana; los esperábamos con mucho entusiasmo; su lectura  no solamente nos hizo amar el idioma e interesarnos en él, sino buscar los libros y los temas que mencionaba en sus introducciones. Así, casi sin darnos cuenta, entramos en el maravilloso mundo del saber que él habitaba, o por lo menos lo atisbamos.

Creó y construyó la cárcel de papel, a la cual enviaba a todos aquellos que maltrataban el idioma, a cumplir penas que variaban, en tiempo, según el “delito” cometido. Para sus artículos, según dijo, se abasteció de sus alumnos y de los diputados de la República, que fueron mina inagotable de errores.

La muerte, esa única certeza de la vida, acechaba a Sánchez Astudillo cuando se encontraba en la cumbre de su quehacer intelectual. Llegó, como queda dicho, en febrero de 1968. Publicó su último artículo el 3 de enero de ese año. Y se llevó consigo todo aquel cúmulo de sabiduría que bien pudo habernos transmitido por muchos años más. Pero ya no hubo tiempo. De todos modos, nos dejó la inquietud por el bien hablar y mejor escribir, y un amor inmenso a nuestro idioma, labor encomiable, porque el lenguaje es el más importante instrumento que tiene el hombre para comunicarse con sus semejantes.

 

Fina Crespo

Abril de 2011

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